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Un tranvía llamado deseo

15 de enero de 2022

Evoco una tarde remota de un verano perdido. 


Mi tío Leo –uno de los varios que entonces tenía y que vivía temporalmente en casa- fuma y escucha bailables en la radio del pequeño comedor del apartamento, que funciona como dormitorio de otras dos tías - sus hermanas Laura y Eva- que también vivían en casa. Con dificultad mi tío pretende imitar el inglés del que canta y entona la melodía acompañando el sonido de la radio: las palabras le salen fragmentadas, torpes. Esto yo lo entendería mucho después, claro, porque imagino que en ese momento debió extrañarme esa canción cuyo lenguaje ignoraba. 


Mientras mi tío canta, yo juego en el piso de parqué con un tranvía de madera amarillo y rojo. Puedo recordar con toda claridad aquellos colores y sería capaz de reconocerlos entre miles de matices del rojo y el amarillo. Entonces mi tío deja de cantar, me mira y dice con un dejo burlón en la voz: “un tranvía llamado deseo”.


Leo tiene puesta sólo una camiseta y unos pantalones livianos porque hay mucho calor. Mis padres han salido y en la habitación flota un olor a jazmines veraniegos que se mezcla con el del tabaco. Mi tío repite: “un tranvía llamado deseo” y se ríe de su ocurrencia. Se lo que es un tranvía pero ignoro el significado de la palabra deseo. No me atrevo a preguntarle qué es, por qué un tranvía se llama así: “deseo”.


Durante años esa frase misteriosa y breve va a permanecer en estado latente en los suburbios de mi memoria y cada vez que resurja, sus cuatro palabras vendrán envueltas en la canción aquella que mi tío cantaba con el cigarrillo en las comisuras y entrecerrando los ojos como un cantante verdadero.


He trtado muchas veces de recordar cuál canción podía ser aquella y quién la cantaba. ¿Frank Sinatra, Perry Como, Bing Crosby? Imposible saberlo, se ha perdido para siempre, se ha disuelto en el humo que envolvía a mi tío como un espectro del verano, una aureola blanquecina y oscilante que lo cubría como una nube propia. Se ha disuelto en el perfume de jazmines, en el calor de aquella tarde irrecuperable y decisiva. Ha desaparecido en el vórtice del remolino del tiempo que se lo lleva todo.


Por entonces subí por primera vez a un tranvía verdadero. Quizá fue ese verano, cuando se viajaba con las ventanillas abiertas y la esterilla de los asientos de respaldo movible estaba caliente y olía de una manera especial. El sonido de las ruedas metidas en el riel, el traquetear acompasado y crujiente del vagón y los tirones del guarda a la cuerda que agita la campanilla reverberan de alguna manera aún en mí, más precisos que la canción. 


Voy sentado en la falda de mi madre y le digo: “un tranvía llamado deseo”. Ella se ríe de la ocurrencia y se la comenta a mi padre que viaja de pie porque ya no quedan asientos libres. Mi padre no dice nada, y yo pienso en repetir lo del tranvía, pero me callo. Por alguna razón me avergüenzo. 


Después de aquella tarde cada vez que me veía jugar con el tranvía  mi tío me repetía la frase misteriosa. Sin saberlo me impuso, como uno de mis primeros recuerdos, el título de una obra de la literatura. Pasarían algunos años hasta que descubriese la solución del acertijo.


Necesité aprender a leer, empezar a ir al cine y encontrarme, ante las puertas vidriadas del cine Lutecia, con el afiche de la película protagonizada por Marlon Brando y Vivien Leigh. No se veía allí ningún tranvía, solo a Brando en camiseta sujetando con violencia a Leigh, vestida con desabillé. Leí las famosas palabras y por primera vez las valoré de un modo diferente. Algo me dijo que lo importante no era el tranvía sino el deseo. En ese momento no podía entender que el tranvía era una metáfora. Calculo que tenía ocho años y el juguete de madera ya no estaba entre mis predilectos.


Deseo era una palabra sugestiva y extraña y descubrir su verdadero significado me llevaría tiempo. Movimiento afectivo hacia algo que se apetece, la define el diccionario, pero entonces para mí fue un tranvía amarillo y rojo. Un vagón que a medida que marchara iba a hacerse cada vez más vertiginoso e incontenible. Después iba a aprender, lejos de aquella tarde primera cuando mi tío me nombró el deseo, que o bien vamos en ese tranvía o lo dejamos pasar y las consecuencias de esa opción nunca nos dejan indiferentes.


Cuando escuché el título de la obra de Tennesse Williams, tenía cuatro años. El título era a su vez el de una película de Elia Kazan que casualmente se había terminado y estrenado el año en que nací. Por tanto tuvo que ser en el verano del 54 o 55 cuando oí aquellas palabras embebidas de misterio.


Cinco años después descubrí el afiche y al pedir que me llevaran a ver la película me explicaron que no era apta para menores de doce años. Como dije,  no había ningún tranvía en el afiche: solo dos actores enfrentados con un gesto iracundo, tal vez violento. Tuve que conformarme con mirar las fotos pegadas en los tableros del hall del cine, que supuestamente expresaban el deseo y sus variaciones y allí estaba Brando, con una camiseta como la de mi tío y la mujer, Vivien Leigh, siempre crispada o con cara de loca.


Un tiempo atrás, los tranvías verdaderos habían dejado de circular por la ciudad y sus ruidosas moles rojas habían desaparecido del paisaje, empujadas a la extinción con argumentos oportunistas y absurdos. Eché de menos sus hospitalarios vagones, en especial aquel que nos llevaba a la playa Pocitos.