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La valija / cuento

21 de octubre de 2021

De la piara de cerdos mejor alimentados de la hacienda de Luca Mori, terrateniente de la región más septentrional de Toscana, dos ejemplares maduros fueron elegidos para carneo inmediato una mañana de frío diciembre. El sacrificio fue el mínimo: un desangrarse generoso luego del certero tajo en la gruesa vena yugular para que el negro manantial brotase y escurriera en baldes. La sangre sería transformada, tripas mediante, en morcillas retintas y sabrosas. La carne en excelentes chorizos. Los cuartos traseros en soberbios jamones. Antes de ser vaciados y carneados con experto cuidado, los cerdos fueron despellejados a conciencia y sin desperdiciar un solo palmo de la piel que luego iba a ser vendida a un mayorista de la ciudad. 

            Los cueros, secados y tratados con las artes de la curtiembre llegaron, casi un año y medio después, a la talabartería de Enzo Di Mauro, experto en la manufactura de baúles, valijas y otros enseres de viaje cuya fama excedía los suburbios de Florencia y llegaba hasta el mismísimo Vaticano. Di Mauro los eligió personalmente para confeccionar el pedido de su cliente principal, el conde de Urbino, conocido por su afición a los viajes y al traslado de sus objetos personales y su variado vestuario a cada sitio que lo llevaba su espíritu trashumante. 

            Meses después, en la estupenda valija fabricada por Di Mauro, el conde guardó su ropa íntima, su necesaire, los libros que habitualmente le acompañaban en todos sus viajes, su colección de guantes de cabritilla y una selección de souvenirs con que habría de agasajar a sus amistades transoceánicas. Su mejor esmoquin, otros libros, la capa oscura para las grandes veladas, las elaboradas polainas de charol, los trajes de ciudad, los conjuntos de sportman, sombreros, corbatas, botines y un estrafalario número de camisas y cuellos duros, los confinó en un sólido baúl de Vuiton y a comienzos de 1914 partió hacia New York en uno de los buques de la compañía Cunard, el Lusitania, que abordó en el puerto de Queenstown. 

            El conde viajó acompañado por su valet y el resto de su equipaje de mano: dos maletines que contenían papeles y sobres para correspondencia y un escritorio portátil que se plegaba como una caja de mago. Pero la pieza principal de ese cargamento era la valija de cuero de cerdo de Toscana.

            El mayo del año siguiente, con la guerra amenazando la seguridad de los mares, el conde decidió volver a Italia, abrumado de nostalgia y aprensión por los sucesos bélicos. Abordó otra vez el transatlántico Lusitania que,  en las frías aguas del Atlántico norte y ya en las cercanías de Irlanda, fue torpedeado por un submarino alemán. En el naufragio murieron casi mil doscientos pasajeros, entre los que estaba el conde y su valet, además del millonario Alfred Vanderbilt y el filósofo Elbert Hubbard. Luego del rápido hundimiento, la valija del conde flotó en el océano y fue rescatada por uno de los equipos que llegaron demasiado tarde al punto del desastre. El resto de su equipaje desapareció y su cadáver y el de su valet, jamás fueron rescatados.

            Sin ningún dato que identificase a su dueño, salvo los monogramas de los pijamas, la valija quedó en resguardo en los depósitos de la naviera, secándose con lentitud y recuperando el brillo de su cuero. Las pertenencias que contenía desaparecieron con rapidez por obra de discretos descuidistas. Hasta que por fin uno de ellos, empleado de la empresa, se apropió de la valija.

 El hombre se llamaba Joseph Kowalsky, era polaco nacido en Lublin y tenía ahorrado lo suficiente para dejar New York, viajar al sur y rencontrarse con su novia también polaca que había emigrado a la Argentina. Todo lo que necesitaba era una valija como esa, porque lo poco que iba a llevarse cabía en ella. Por alguna razón de las que el destino se vale para burlarse de los ilusos, el nuevo dueño de la valija no tuvo en cuenta que en México se libraba una revolución y que atravesar el país insurgente para llegar a Panamá podía ser peligroso, sobre todo en los trenes que solían ser volados por los rebeldes al mando de Villa y Zapata.

            Se desconoce la exacta razón por la que la valija llegó a manos de Cecil Williams, corresponsal de The Times de Londres, que cubría la revolución y que no solía desplazarse con demasiado equipaje por las dudas de que los hechos que reportaba lo empujasen a huir sin previo aviso de los hoteles. Es probable que conociera a Kowalsky en el viaje en el que ambos intentaron cruzar territorios dominados por los revolucionarios  y que luego de la explosión que descarriló el tren y bajo las balas de las bandas sublevadas, Williams haya rescatado la valija del polaco. Lo cierto es que el corresponsal salvó su pellejo y pudo llegar a Veracruz sin un rasguño.

            Williams se instaló en un hotel cercano al puerto y desde allí retomó su tarea periodística, redactado convincentes panoramas sobre la revolución que en parte eran ciertos y en parte inventados. La verdad la obtenía de los periódicos locales y su imaginación hacía el resto. Una vez por semana enviaba sus informes por cable y luego solía recorrer sórdidos bares en busca de una medida de whisky decente y de temas para sus informes. No fue raro que una noche se viera envuelto en una pelea que él no había provocado y que ese malentendido le deparase las dos balas en el corazón que iban a matarlo en el acto. 

            A partir de ese momento la valija quedó otra vez sin dueño hasta que un empleado del hotel la encontró, luego de que la policía viniera a denunciar la muerte del pasajero. Como Williams siempre viajaba con lo mínimo, el empleado no encontró nada valioso dentro de la valija, salvo un tomo con los sonetos de Shakespeare. Se guardó el libro,  arrojó las escasas mudas de ropa a una lata de basura y preguntó al dueño del hotel si podía quedarse con la valija. El dueño dudó, pero luego se encogió de hombros y asintió. 

Y fue así que la valija  –que el empleado pensaba vacía- volvió a llenarse otra vez de mala suerte.