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La lectora

22 de julio de 2021

En una confitería céntrica a la que antes de la pandemia concurría  una vez por semana, había una cliente habitual que siempre leía un libro mientas consumía. Era una mujer joven, siempre sola en su mesa y a la que jamás vi dialogar con nadie, salvo con las páginas que leía. 
Cualquiera puede decir que la situación que acabo de describir es algo normal, pero no lo es. Al menos en el tiempo en que estaba en el lugar, solo ella leía un libro. Allí, además de los celulares de cada uno, había revistas y diarios a disposición de los clientes, y estos circulaban por las mesas, por lo cual no era la única lectora en términos genéricos, pero sí lo era en lo relativo a ese objeto cada vez más desatendido: el libro.
La íntima ceremonia de la lectora, que en otros tiempos era habitual, al menos para los que mitigaban la soledad con el auxilio de un libro, hoy es una costumbre excepcional. Viajando en un ómnibus, en una sala de espera o durante el disfrute de un café, los solitarios solían acompañarse de los mundos que atesoran las páginas de una novela o el provechoso aporte de algún ensayo sobre un tema interesante. Por ello, esa lectora constante que hace tiempo descubrí, a fuerza de mantener su hábito a lo largo de las decenas de semanas que pude verla, se convirtió en un símbolo de lo perdido.
Así, en medio de un salón poblado de voces y conversaciones que no le interesaban, la lectora constante asumía una condición de ejemplo perturbador. Mostraba, en un lugar al que por lo general concurren personas aparentemente pudientes, sin duda con educación y quizá con formación profesional, que ella era, a esa hora, el único ser que privilegiaba el libro como pasaje a tiempos y lugares que no están allí, en la confitería que evidentemente desaparecía mientras ella leía. 
Más de una vez tuve la tentación de preguntarle a la lectora qué estaba leyendo, dato para mí decisivo para entender cómo lograba su silenciosa e imperturbable evasión. Se sabe que no hay nadie más curioso que un lector ante otro lector. Pero no dí ese paso porque hubiera sido un gesto invasivo que la hubiera sacado de esa especie de campana invisible que la rodeaba. Además, bastaba verla para entender que si hay algo que la lectora no deseaba era ser interrumpida.
Es bueno que aclare que no se trataba solo de leer, sino de la actitud con que leía. Era notable la concentración y serenidad de la lectora, la manera cómo discurría su almuerzo sin dejar de atender la página que tenía delante, la forma como tomaba el ejemplar y lo sostenía. Había una gran elegancia en su postura, como si de manera sutil le estuviera mostrando al resto de la confitería la importancia de lo que estaba haciendo. Voy a admitir una segunda tentación: cuando la lectora en ocasiones se levantaba de la mesa para ir al toilette y dejaba su libro con la página marcada, muchas veces estuve a punto de acercarme a la mesa para descubrir qué leía. Pero ella dejaba siempre su libro con la tapa contra la mesa. Lo que leo es un secreto, parecía decir con esa precaución. 
Lo último me lleva al siguiente detalle: nunca pude desentrañar, viendo de lejos la portada del libro que en ese momento tenía la lectora, sus preferencias literarias o incluso el idioma de lo que leía. Eso me ha llevado a pensar que era extranjera –su tipo físico así me lo sugería- y leía ediciones que no se ven por acá, con lo cual la conclusión última sobre este asunto es que su actitud provenía de hábitos culturales quizá foráneos que por aquí ya no se usan. 
Cuando todo esto pase y vuelva a ir a la confitería, solo espero que si la lectora sigue frecuentándola no llegue un día con una tablet en sustitución del libro. No tengo nada contra la tecnología y leer en pantalla es un hábito que cada día se impone más y que incluso yo practico. Pero no imagino cómo la lectora podrá mantener su misterio y actitud ejemplar sustituyendo su habitual libro por la fría y discreta pantalla de un Kindle en sus manos.