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El orgullo de leer

4 de Agosto de 2021

Hay una cita de Jorge Luis Borges que siempre suscribo: “Que otros se jacten de los libros que han escrito, yo me enorgullezco de los que leí”. Un maestro de la escritura reconoce en la lectura una actividad superior y más digna de jactancia que el acto de escribir. La lectura es una de las actividades humanas cuya renuncia o postergación más daño causan al espíritu. Hablo de la lectura de libros, en especial aquellos que tienen la posibilidad de cambiarnos una vez que los concluimos. Libros que no nos dejan indiferentes y que una vez que pasamos por ellos, ya no somos los mismos. 

Hace muchos años atrás dediqué un enero entero a la lectura de esa legendaria novela llamada Ulises, con la cual el irlandés James Joyce dejó una huella indeleble en la literatura del Siglo XX. Entonces compré la edición de Santiago Rueda y además me pertreché con el comentario de Stuart Gilbert, publicado por Siglo XXI, una especie de guía Michelin para no perderme en el laberíntico mamotreto joyceano. Entonces tenía veintitrés años y pensaba que leer a ciertos autores era una cuestión emparentada con el ascenso a una montaña, con algo de conquista y desafío. Dos décadas después escribí, en un suplemento cultural que dirigía, un artículo que titulé: “¿Vale la pena leer Ulises?” En realidad era un alegato para no leerlo si no había una razón lo suficientemente poderosa. Con esta digresión quiero resumir una idea muy simple: no hay que leer por obligación, desafío o porque quede bien; hay que leer por placer. 

Existe una regla de marketing que la mayoría de las librerías, en especial las que funcionan en los shoppings, aplican invariablemente: exhibir de manera destacada lo último, lo más reciente, lo que se acaba de publicar, sin que importe el género o la calidad intrínseca del producto. Así la lectura pasa a formar parte del universo de la moda, del fugaz presente, y del ocasional relumbrón de algún título que se percibe como inevitable. Se trata del libro como categoría del pret a porter.

Una vez en una playa creí estar ante un espejismo: iba caminando y si miraba con atención todas las personas que leían junto a su sombrilla o reclinados en reposeras tenían el mismo libro: El código Da Vinci. La tapa, con la reproducción de la Gioconda de Leonardo, se repetía de manera pesadillezca como los sombreros de hongo que aparecen en algunos cuadros de Magritte. Por fin, a lo lejos, pude distinguir una tapa distinta y me acerqué para descubrir cuál era la excepción. No era tal: se trataba de la edición italiana del mismo libro, presentado con un diseño diferente. Hoy, su furor ha cesado y el libro de Dan Brown, un éxito planetario pero pésima literatura, ya no está entre los más destacados. Segunda reflexión: si no hay obligación de leer Ulises, menos la hay de leer todo lo nuevo que se edita, lo que está primero en las listas o lo que algún librero apresurado recomienda. Es mejor aprovechar el precioso tiempo de la lectura para rescatar, si podemos, alguna obra indiscutible que no leímos y que ha superado el tamiz de los años y la veleidosa fugacidad de modas, oportunismo y caprichos. 

Por último, y sin ánimo de denostar otros géneros, para mí la lectura es el espacio de la ficción. Se que hay excelentes ensayos o crónicas sobre hechos verdaderos que se destacan en muchas mesas y son muy tentadores. Yo prefiero postergarlos en la búsqueda de la intransferible invención y de los mundos que solo construye la literatura de ficción. Ejemplo: entre un ensayo de Georges Duby sobre la vida en un monasterio de la Edad Media y El nombre de la Rosa de Umberto Eco no dudo: prefiero la novela. Reconozco en esto una militancia en favor de la ficción narrativa, maravilla que demasiados lectores se pierden y no pocos autores desatienden, guiados quizá por el ocasional atractivo de temas de los que en otras épocas solo se ocupaban los periódicos.