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Onetti, Batlle y
El Astillero

11 de Julio de 2021

En junio de 1960, Juan Carlos Onetti termina de escribir El astillero, su séptima novela. Se la dedica a Luis Batlle Berres, su amigo y director del diario Acción en el que Onetti había trabajado luego de regresar a Uruguay tras los años vividos en Buenos Aires. 


“Este libro está dedicado a Luis Batlle Berres”

Junio de 19


expresa el autor en forma breve y sin adjetivos. Le basta con nombrar al destinatario del gesto y la fecha.


Este acto no habría tenido nada de especial si Batlle no hubiera sido el político colorado más prometedor e importante del medio siglo. Presidente de la República a partir del 2 de agosto de 1947, al suceder siendo vicepresidente al titular Tomás Berreta, que falleciera en funciones ese mismo día a la edad de 71 años. Entonces, el sucesor tenía cincuenta años y era sobrino de José Batlle y Ordóñez, dos veces presidente de la República e impulsor de las reformas que en el primer tercio del siglo sentaron las bases del Uruguay moderno. Esa sucesión le permitió a Luis Batlle consolidar un perfil de liderazgo dentro de su partido y proyectarse como un político de gran futuro, por ideas y personalidad. Su presidencia se desarrolla en un tiempo optimista en el cual hasta se pudo ganar el Campeonato Mundial de Fútbol en Brasil tras la hazaña de Maracaná. Fue la época

de la frase “Como el Uruguay no hay”.


La novela que Onetti le dedica a Batlle fue definida por el crítico Emir Rodríguez Monegal como mucho más plena y redonda que todas las que había publicado hasta la fecha. Afirma también que el autor uruguayo había avanzado rápidamente hasta ocupar uno de los centros narrativos más fecundos del ciclo de Santa María: la historia de la decadencia y muerte de Junta Larsen. Este personaje regresa a la ciudad de Santa María de la cual fue expulsado años antes por actividades dudosas que en la novela no se aclaran del todo y pretende redimirse y reconstruir su vida asumiendo la gerencia de un astillero en ruinas. Catalogada como obra maestra por Rodríguez Monegal, El astillero se abre a interpretaciones, múltiples lecturas y capas de significado como sucede siempre con las grandes obras de la literatura.


A raíz de la dedicatoria y en atención a la situación que vivía el país -crisis económica, aumento del descontento social, reacomodo de los proyectos de la izquierda ante la realidad del triunfo de la Revolución Cubana y un gran descontento con el funcionamiento del sistema colegiado- sumado al contenido argumental de la novela, El astillero significó para muchos una explícita metáfora de la decadencia del Uruguay. No se podía dedicar una novela con ese tema subyacente -crisis de un emprendimiento fabril descrito como la quintaesencia de la ruina- a alguien como Luis Batlle Berres en el momento que se le dedica y pretender que eso no llamara la atención. 


Resultó inevitable que la dedicatoria condicionara la lectura de lo que seguía y alimentase todo tipo de especulaciones al respecto. Fue tan poderosa la referencia que cuando la editorial Arca de Montevideo publica su primera edición de la novela en 1967, se eliminó la dedicatoria. Me abstengo de realizar interpretaciones sobre esa supresión ni de indagar si el autor estuvo de acuerdo. En las ediciones actuales de otras editoriales,

la dedicatoria se mantiene.


El primero que desmintió la posibilidad simbólica de El astillero fue el propio Onetti, que aclaró que su novela no contenía alegoría alguna y que la única decadencia que mostraba era la del astillero de Jeremías Petrus. A confesión de parte, relevo de pruebas: interpreten todo lo que quieran, dijo el autor e impuso que el astillero era una novela sobre el final de uno de sus personajes más logrados, Junta Larsen, y su fracaso para  activar la empresa de Petrus, sumida en la descomposición y la quiebra.


El propio Rodríguez Monegal afirma que la circunstancia de la propia dedicatoria acentúa esa interpretación e incluso autorizaría a ver ciertas relaciones simbólicas entre el protagonista de la novela y el político mencionado. En esto último, el crítico advierte que en ese terreno no es prudente proseguir con el paralelismo. No obstante, la dedicatoria a Luis Batlle Berres siempre dará a ese texto una condición alegórica en el sentido de que la decadencia que Onetti describe para el astillero del título para muchos es una metáfora del Uruguay de la crisis que, según los analistas, había comenzado en el año de 1955, luego de que el escritor regresara al país.