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El rostro de Artigas

23 de setiembre de 2021

El 23 de setiembre de 1850, a los 86 años fallece José Artigas en Asunción, Paraguay. Pese a que ya pasaron 171 años de su muerte, hay un aspecto del prócer que permanece en el misterio, como muchos de su vida y de su prolongado exilio: cómo era el rostro de Artigas.

En el cuadro de Juan Manuel Blanes “El juramento de los Treinta y Tres Orientales”, más allá de la valoración artística de la obra, la imagen pictórica ha adquirido con los años un valor documental. Recientemente ha sido restaurado, devolviéndole su apariencia original. Su testimonio remite casi a una fotografía. A propósito de eso alguien me recordó que esa condición testimonial Blanes también se la endosó a la figura de Artigas, que el maestro reprodujo en otro de sus cuadros famosos: “Artigas en la Puerta de la Ciudadela”, óleo inconcluso fechado en 1884.

Como sabemos, no existen daguerrotipos o fotografías del prócer y el único testimonio directo de su imagen es el famoso perfil de Artigas con 84 años realizado a lápiz por Alfredo Demersay, un naturalista y médico francés que lo visitó en su exilio paraguayo. 

En todos sus años anteriores el rostro de Artigas no fue objeto de reproducción alguna por medios artísticos y ninguna huella quedó de sus auténticos rasgos. Inclusive, a partir de ese dibujo de Demersay – de dudosa exactitud, para muchos- el grabador C. Sauvageot realizó en Francia una litografía del Artigas anciano que acaso sea una idealización a partir de los rasgos que captó Demersay. Debemos recordar que la fotografía fue inventada en 1824 por Nicephore Niepce, a quien pertenecen las primeras imágenes registradas con ese procedimiento. Los trabajos de Niepce fueron continuados por Daguerre y a él pertenece un famoso y nítido bodegón captado en 1837. De modo que Artigas bien pudo tener una fotografía, como la tuvo, por ejemplo, Fructuoso Rivera, de moña y levita, ya próximo a su muerte que ocuriría en 1854.

El propio Blanes abominaba de ese dibujo a lápiz del médico Demersay, pero también dudaba de su propia versión sobre Artigas. En una carta llegó a confesar que: “Este óleo, sin duda se parece tanto al célebre caudillo como un huevo a una castaña; pero yo no soy historiador, sino artista, y para una obra pictórica no me da base el dibujo que se supone de Bompland (Demersay), que fue sin duda un hombre de ciencia, pero no un retratista, ni cosa que lo valga. El dibujo del sabio francés más que retrato de cualquier viejo, me hace el efecto de una caricatura de una vieja…”

No obstante esa sinceridad de Blanes en relación a su versión de Artigas, otra vez el reconocimiento oficial determinó que al final esos rasgos que él imaginó se impusieran como auténticos y aceptados por los uruguayos. Pero ese reconocimiento tuvo un proceso diferente al de “El juramento de los Treinta y Tres orientales”.

La historiadora uruguaya residente en Buenos Aires, Laura Malosetti Costa, ha investigado a propósito de “Artigas en la Ciudadela” y aporta algún dato asombroso. Afirma que, en vida de Blanes, este no mostró nunca ese cuadro encargado por el Parlamento uruguayo. Cuando Blanes muere, la obra queda en su taller de Florencia junto a una serie de cuadros sin terminar. Esta llegó recién al Uruguay en 1908, unos años después de su muerte, a la casa de remates Moretti, Catelli & Cía, donde fue exhibida. Luego, el cuadro fue trasladado de la casa de remates al Museo Histórico Nacional y de allí a la Casa de Gobierno, siendo finalmente fue adquirido por el Estado en un proceso no exento de discusiones, ya en esa época partidarias.

A partir de esa consolidación como propiedad estatal, el cuadro adquiere consistencia de verdad histórica y la imagen de ese Artigas, que según versiones Blanes tomó de un estibador del puerto que para su criterio reunía características físicas que podían calzar con su idea del prócer, se convierte en el retrato oficial. Es incorporado al papel moneda y a la iconografía del Estado. Otra vez, Blanes impone su idea y el héroe asume los rasgos que a él se le antojaron pertinentes y adecuados. Si se mira bien el óleo, se ve que los ojos del prócer no fueron terminados son apenas dos líneas oscuras bajo los párpados. 

Pero hay otras peculiaridades en el cuadro. Por empezar, Artigas nunca pudo estar de pie en ese lugar y mucho menos vestido de Blandengue. Su distancia con Montevideo y lo que para él representaba, no le permitieron siquiera acercarse al lugar en donde Blanes lo puso. Con relación al uniforme, Blanes pagó el descuido de que al grupo de los Treinta y Tres orientales los vistió como gauchos. Como ese detalle fue muy criticado, con Artigas prefirió desdeñar el dato histórico e ir a lo seguro.

La cara de Artigas es, más allá de versiones de otros pintores, incluido José Luis Zorilla de San Martín, la que Blanes legó a la nación desde el prestigio del que gozaba en su tiempo como “pintor de la patria” y especialista en temas históricos. Esa construcción fue producto de una mirada tan subjetiva como individual, un criterio que, llevado a conceptos actuales, pareció ser una especie de “casting” mental que lo guió en la búsqueda de un rostro para Artigas. Como él dijo, sus decisiones al respecto se fundamentan en  sus necesidades artísticas para el retrato y no en una verosimilitud imposible de encontrar y probar.

¿Cómo era realmente Artigas, qué facciones tuvo? Un misterio que subyace debajo de la efigie oficial y todas las demás que han sido imaginadas por los distintos artistas que se animaron a representarlo. Sin embargo, el poder de la imagen que nos legó Blanes ha logrado forjar un rostro para Artigas que hoy no admite discusión ni dudas. Pienso en lo que sucedería si un día aparece una fotografía tomada por quien sabe quién en el exilio paraguayo. Imaginemos que sea un retrato bastante nítido que muestre los rasgos verdaderos y que de alguna manera pueda ser autenticado. ¿Qué sucedería? ¿Cuál de los dos aceptarían los uruguayos, el real o el imaginado?