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El templo de la Beat Generation

28 de Julio de 2021

Con 101 años cumplidos, el pasado 22 de febrero falleció en San Francisco Lawrence Ferlinghetti, poeta, traductor, periodista y editor que perteneció a la legendaria Beat Generation. Fue fundador de la famosa librería City Lights.

Por razones familiares, en 2013 viajé a San Francisco, California, en donde permanecí una semana. Era la primera vez que la visitaba y mi presencia en la ciudad no obedeció a motivos turísticos. No obstante, uno de esos días pude cumplir un antiguo sueño: conocer City Lights, fundada  en 1953 por Lawrence Ferlinghetti y Peter Martin. 

Ubicada en la Avenida Columbus, en pleno distrito de North Beach, la librería –también casa editorial- es un hito de la cultura norteamericana contestataria y el lugar donde, al menos simbólicamente, fue el domicilio de la llamada Generación Beat, con los nombres de Jack Kerouac y Alen Gingsberg como escritores emblemáticos que instalaron nuevas voces en las letras. Gingsberg con su libro Aullido y otros poemas y por supuesto Keoruac con su novela En la carretera.

Llegué hasta allí en plan peregrinación, como años antes lo había hecho al visitar otra librería de culto: Three Lives, en la calle 10 de New York. Son lugares en donde el continente y el contenido se conjuran en una dimensión en la que, en cuanto a soporte, la digitalización e informatización de la lectura aún no han comenzado. La absoluta mayoría de todo lo que hay exhibido en los anaqueles de City Lights es papel y tinta. Esos anaqueles son de madera, y muchos tienen cartelitos escritos en forma manual que comentan brevemente libros exhibidos. Todavía hay ediciones–de reciente factura- cuyos pliegos configuran cantos irregulares en los bordes del ejemplar. También hay de los que necesitan un abrecartas para desflorar sus pliegos. 

Por supuesto que uno llega, toma un libro, se sienta y lo lee sin compromiso de compra. En muchas librerías esto puede hacerse, pero en City Lights el asunto adquiereun aire casi litúrgico, porque el lugar es silencioso y cálido, como si estuviéramos en un pequeño templo de la lectura. El edificio de tres plantas de la librería es modesto, si se lo compara con las enormes instalaciones de las grandes cadenas que comercializan libros. La sencillez de sus vidrieras y la sobriedad de su rótulo pintado sobre una cornisa de la fachada, dan la idea de un lugar fuera del tiempo o, mejor dicho, a salvo de él.

En City Lights se respira literatura y cultura. Agrupado por rigurosos criterios de procedencia, época, género y autor se despliega un acervo de títulos que siempre ha estado abierto a todo lo que es innovación. Además, hay un piso entero dedicado a la poesía, género en extinción que, al menos allí, goza de una exuberante buena salud.

En la época en que conocí la librería, Lawrence Ferlinghetti tenía 94 años,  seguía escribiendo, dando recitales de poesía, pintando y formando parte de la empresa que fundó. No obstante, en su librería, su obra está exhibida a la par de la de sus compañeros de generación, en un espacio dedicado a la obra de la Generación Beat. No hay para ella anaqueles especiales o un trato preferencial. Solo están allí –juntos en los libros porque muchos han muerto- permaneciendo en lo único relevante: los propios textos.

Pero, por si no fuera importante el rol que City Lights ha cumplido como librería y editorial, la fundación que lleva su nombre también es motivo de destaque. City Lights Books ha sostenido un compromiso con la preservación y promoción de la diversidad de voces e ideas que se representan en los libros de calidad. A medida que los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de información cambian la manera de vivir, trabajar y pensar, la fundación se propone promover y cultivar  la capacidad de pensar críticamente, discernir la verdad y comunicar el conocimiento, algo esencial para una sociedad democrática. Es decir: avanzar en la alfabetización profunda, que no es sólo la capacidad de leer y escribir, sino la de ahondar el conocimiento y las habilidades que permiten mejorar la vida de las personas y la comunidad.

El nombre de la librería, tomado del film de Charles Chaplin, es más que una marca. Las luces a las que alude, refieren al brillo con que una sola página bien escrita ilumina no solo una ciudad sino las vidas de sus ciudadanos.

Espero que sin la presencia física de su fundador Ferlinghetti, las luces de la librería y la fundación sigan alumbrando el conocimiento y la cultura.