Las burbujas de colores

Aplysia

La memoria y el olvido

Lo que siempre me ha intrigado es saber de qué están hechos los recuerdos. O, mejor dicho, cómo y por qué recordamos. 


Un artículo de National Geographic informa que desde la década de 1940, los científicos suponen que los recuerdos se guardan dentro de grupos de neuronas o células nerviosas llamadas ensamblajes celulares. Esas células interconectadas se disparan como un grupo en respuesta a un estímulo específico, ya sea la cara de un amigo o el olor a pan recién horneado. Cuanto más se activan las neuronas, más se fortalecen las interconexiones de las células. De esa manera, cuando un estímulo futuro active las células, es más probable que se dispare todo el conjunto. La actividad colectiva de los nervios transcribe lo que experimentamos como un recuerdo. Los científicos todavía están trabajando en los detalles de cómo funciona. 


La idea de que las sinapsis custodian los recuerdos ha dominado la neurociencia desde hace más de un siglo. Sin embargo un estudio de la Universidad de California Los Ángeles podría cuestionar esa noción: los recuerdos residirían en el interior de las neuronas. 


Hace más de una década se inició una investigación sobre el uso del betabloqueante propranolol como tratamiento del Stres Post Traumático, que se caracteriza por recuerdos dolorosamente vívidos e inapropiados. Se pensaba que este fármaco impedía la formación de recuerdos a través del bloqueo de la producción de las proteínas que aseguran la retentiva a largo plazo. 


Los investigadores descubrieron que cuando alguien rememora un recuerdo, no solo refuerza la conexión reactivada sino que está permanece temporalmente expuesta al cambio, un proceso bautizado como reconsolidación de la memoria. La administración de propranolol durante ese intervalo permitiría bloquear la reconsolidación y acabar con la sinapsis en el acto. Pero esto no tardó en encontrarse con escollos: si no se administraba justo después del trauma, el propranolol resultaba ineficaz. 

Aún así, la posibilidad de depurar recuerdos llamó la atención de David Glanzman, neurobiólogo de la UCLA, que se dispuso a estudiar el proceso en Aplysia, una babosa marina empleada como modelo en neurociencia. 

Glanzman y su equipo propinaron pequeñas descargas eléctricas a ejemplares de Aplysia, creando un recuerdo del evento en forma de nuevas sinapsis en el cerebro. Acto seguido, transfirieron las neuronas del molusco a una placa de Petri, desencadenaron químicamente el recuerdo de las descargas y después aplicaron una dosis de propranolol.

En un principio el fármaco pareció confirmar lo que se sabía y eliminó la conexión sináptica, pero cuando las células quedaron expuestas al “recuerdo” de las descargas, este revivió con toda intensidad en 48 horas. “Se había restablecido plenamente”, explicó Glanzman. “Y eso significa que la memoria no se almacena en las sinapsis.” Los resultados han sido publicados en revistas de acceso abierto, como por ejemplo Life.

Si la memoria no radica en las sinapsis, ¿dónde entonces?, se preguntó Glanzman. Un examen más atento de las neuronas reveló que, aun después de eliminar las sinapsis, los cambios moleculares y químicos persistían luego de la descarga inicial en el interior de la neurona. El engrama, o huella mnemónica, podría quedar conservado por esos cambios permanentes. Otra explicación lo situaría codificado en modificaciones del ADN celular que alterarían la expresión de genes concretos. Glanzman y otros se inclinan por esta última idea.

Pese a ser preliminares, los resultados sugirieron que el consumo de propranolol como tratamiento del Stres Post Traumático quizá no ayude a las personas, pues no se borrarían los recuerdos dolorosos. Lo positivo es la idea de que los recuerdos persisten arraigados en las neuronas. Eso da nuevas esperanzas para otra enfermedad ligada a la memoria, el alzhéimer.

 
Rondas y círculos

Funes el memorioso

La memoria y el olvido

Siempre me ha maravillado el proceso del  recuerdo, el hecho de conservar en la memoria imágenes, sonidos, sensaciones muy complejas y hasta sabores y olores. Las explicaciones científicas al respecto nunca me han dejado satisfecho, porque solo describen un proceso químico, la huella de una vivencia que pervive en una célula, el cerebro como un gran depósito de lo vivido, lo que hemos sido

y lo que somos. 


Si la famosa magdalena de Proust sirvió para revivir un mundo y un tiempo perdidos, nada explica cómo su sabor puso a funcionar el mecanismo de la evocación. Me refiero a una prueba científica que demuestre que las papilas gustativas están conectadas a lo que vivimos y olvidamos, y que la permanencia en la memoria de ese gusto inolvidable puede desandar el largo sendero que une la magdalena con la infancia del narrador. 


Con la sutil ironía que siempre acompañaba sus sentencias, Borges dijo que la memoria existía para modificar el pasado. Se refería a que los recuerdos son siempre inventados porque el tiempo y la precariedad de la memoria hace poco fiable cualquier evocación. Su personaje Funes el memorioso es la paradigmática excepción a esa carencia, porque está condenado a no olvidarse de nada y recordarlo todo, por insignificante que sea lo recordado. Pero a su vez, el propio Borges ha dicho que lo único que no existe es el olvido. Una paradoja, claro, de las tantas que a él le gustaba exhibir. Ireneo Funes sufre y está al borde de la locura porque recuerda absolutamente todo. 


Como ya dije, las explicaciones científicas no aplacan mi curiosidad. Recordar, etimológicamente proviene del latín recordari, formada por el prefijo “re”, que significa de nuevo y “cordis”, corazón. Recordar significa mucho más que tener a alguien o algo en la memoria: es volver a tenerlo presente con el corazón o a través de este. Esto se explica porque antiguamente se pensaba que la sede de la memoria estaba en el corazón. En cambio, el olvido radicaba en la mente, de ahí el verbo italiano “dimenticare” que se traduce como olvidar.


La vida es una perpetua lucha entre la memoria y el olvido. Somos lo que recordamos, pero también lo que olvidamos. Olvidar provine del latín “oblitus” que en su deriva etimológica parte del participio oblitare del verbo oblivisci, olvidar, que a su vez reúne el prefijo “ob”, en contra de, frente a, y livisci, que significa denso u oscuro. En inglés olvido es oblivion, nombre de una de las mejores composiciones de Astor Piazzola y que menciono aquí porque su música me permite recordar -evocar- siempre que la escucho a Buenos Aires íntegra y vibrante, con sus inviernos y veranos porteños

y a todos los Noninos que se fueron.

 
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Inventar recuerdos

La memoria y el olvido

¿Es capaz la memoria de inventar recuerdos? No solo es capaz de hacerlo sino que, además, estudios cinetíficos revelan posible implantar recuerdos falsos en la mente humana. Lo imaginado y lo real pueden confundirse y la memoria puede convertir algo imaginado en un hecho que la mente asume como verdadero. En tal sentido eso se revela como una debilidad de la memoria que confunde lo que imaginamos con lo que realmente vivimos al “grabar” su huella.


A la facultad de olvidar se le agrega la invención de recuerdos con lo cual la memoria de una persona deja de ser confiable a la hora de, por ejemplo, testificar en un juicio. Estos descubrimientos sobre lo poco confiable de la memoria han ambientado novelas y películas que aprovechan esa ambigüedad o debilidad. Pero también han llegado a la manipulación artificial del olvido o de la propia memoria.


 Una de los más notables films es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dirigida por Michael Gondry en 2004, con Kate Winslet y Jim Carrey. Ambos forman una pareja de novios que un día resuelven romper. En esa época existe una clínica capaz de borrar recuerdos de la memoria en forma selectiva, por lo cual ambos deciden borrarse respectivamente de sus mentes. Un olvido selectivo y provocado por la decisión de ambos de no sufrir por el recuerdo de esa relación fallida. La película tiene otras líneas argumentales que indagan sobre la memoria y el olvido y es fascinante su resolución. No obstante, la inquietante posibilidad de borrar recuerdos a piacere es una demostración de que la persistencia de algunos va más allá de nuestra voluntad de olvido. No administramos el olvido porque olvidar no siempre opera como un acto voluntario. Pero recordar también puede ser un acto de militancia.


Las personas que todos los 20 de Mayo concurren a manifestar en silencio por el Centro de Montevideo llevando pancartas con el nombre y la fotografía de un familiar desaparecido por la dictadura militar, saben que no pueden olvidar. Es una memoria que se niega al olvido pese al dolor que produce el recuerdo. Eso se debe a que los desaparecidos por la fuerza no pertenecen a la muerte y su incierto destino los mantiene vivos en la mente de sus seres queridos. En este caso, el olvido equivale a renunciar, no solo a la búsqueda sino a considerarlos presentes todavía, como responde la multitud de familiares cuando se pronuncia el nombre de cada uno de los que no están.


La otra película que aquí quiero mencionar es Blade Runner, dirigida por Ridley Scott en 1982, inspirada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Ambientada en el año 2019, narra en clave de serie negra y distopía futurista la historia de Rick Decker, el “Blade Runner” del título, un policía encargado de descubrir y “retirar” androides escapados de lejanas colonias espaciales y llegados a lo que queda de la Tierra tras una guerra atómica. Los androides son una asombrosa creación tecnológica capaces de sustituir a los humanos en diversas tareas. Indistinguibles por su conducta y aspecto los recién llegados son el último modelo de la fábrica que los produce y representan una amenaza por que se han rebelado y están dispuestos a sobrevivir: su vida útil programada se reduce a 4 años.


El film, que ya es un clásico, va mucho más allá de la peripecia futurista y plantea otros temas que apuntan a lo filosófico, como por ejemplo: ¿qué nos hace humanos? Eso se alude en diversos momentos y hasta incluye un test mediante el cual Decker “detecta” si alguien es humano o androide. Pero la parte más conmovedora del asunto es cuando la trama descubre que los androides tienen recuerdos implantados que les imponen un pasado ilusorio que nunca vivieron. Hasta poseen falsas fotografías de momentos inventados. Esa memoria es solo un atributo de la falsificación que implica ser androide. Inclusive sus sueños son una imposición de sus memorias artificiales. Obviamente, esos recuerdos que llevan los androides no tienen la posibilidad del olvido y esa memoria produce en ellos la duda de ser o no humanos. No se trata de recordar u olvidar sino de reconocerse en esas vivencias que forman parte de la identidad de cada uno. Eso los (nos) hace humanos.