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Breviario sobre Shakespeare

5 de Julio de 2021

Mientras muchos creen –entre los que me incluyo- que William Shakespeare es el mayor escritor de la historia, el misterio sobre su existencia y auténtica autoría de su obra sigue en pie porque, paradójicamente, se sabe muy poco sobre el gran dramaturgo y poeta. Un estudioso exhaustivo de su obra, Harold Bloom, ubica a Shakespeare en el centro del canon occidental y sus comentarios sobre las 38 obras que conocemos de su dramaturgia se titulan, nada menos, Shakespeare, la invención de lo humano. Más allá de la cuestión sobre su obra, que empieza a ser documentada a partir del famoso Primer Folio compilado por sus colegas Henry Condell y John Heminges, últimos sobrevivientes del grupo teatral de los Lord´s Chamberlains Men -con el cual Shakespeare estuvo ligado hasta el final de sus días- la vida del genio del teatro isabelino constituye una verdadera nebulosa. Por eso, la lectura del ingenioso ensayo de Bill Bryson, titulado simplemente Shakespeare*, depara un ameno repaso de lo poco que se sabe del bardo. Como se ha escrito en The Echo de Londres, “Si lo que quiere es saber algo del bueno de William, déjese de fárragos y lea esta pequeña gran biografía.”
Bryson ya había incursionado en la brevedad con otro título sugestivo: “Una breve historia de casi todo”, Premio Aventis al mejor libro de Ciencia General. 
La idea que sustenta el libro de Bryson es sencilla: determinar qué puede saberse de manera fehaciente sobre Shakespeare sin recurrir a la especulación. Como lo comenta el propio autor: muy poco. El resultado es un libro delgado, breve, de apenas 187 páginas incluidos los agradecimientos. El planteo es: qué tanto puede saberse sobre una persona nacida en 1564 que pueda ser demostrado, probado sin dudas razonables, sea o no alguien tan famoso como después lo fue William Shakespeare.
Bryson empieza reflexionando sobre la imagen que tenemos del poeta, su efigie reproducida en tantas ilustraciones de tapas –incluida la de su propio pibro- y concluye que ninguna de las tres – dos retratos: el óleo de Chandos y el grabado de Droeshout y una estatua, la de Gheerart Janssen- ofrece certezas sobre una exacta correspondencia entre el Shakesperare verdadero y el representado. De manera que, estimado lector, el individuo que suponemos es Shakesperare: un poco calvo, de cabellos largos a los costados, bigote y perita recortada, mirada fija y bastante insulsa, quizá sea otro, un impostor que se ha hecho pasar por Shakespeare,

vaya a saber por qué.
Como acertada síntesis, Bryson señala que, hace más de dos siglos, el historiador George Stevens observó que todo cuánto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford–upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en autor y actor, regresó a Stratford, hizo un testamento y murió. Pese a que tras cuatrocientos años de intensa cacería en la que los investigadores han ido encontrando un centenar de documentos relacionados con Shakespeare –que por lo general remiten a aspectos formales pero no a emociones-, sobre el autor lo desconocemos casi todo. No sabemos exactamente cuántas obras teatrales escribió y en qué orden lo hizo. Sabemos cuáles eran algunas de sus lecturas, pero ignoramos de dónde sacaba los libros. El primer retrato verbal de Shakespeare fue escrito sesenta y cuatro años después de su muerte por John Aubrey, nacido cuando el dramaturgo llevaba diez años sepultado. La descripción señala que “era un hombre apuesto y de buena constitución; agradable como compañía y de un ágil ingenio dispuesto y cordial”: algo tan genérico y vago

cuanto aplicable a cualquier persona.
Bryson consigna de que a pesar de que Shakespeare dejó un millón de palabras de texto, solo se conservan catorce de ellas de su puño y letra: seis firmas con su nombre completo y las palabras “por mi” rubricadas en su testamento. No hay una sola nota, carta o página manuscrita que pueda atribuírsele. Ni siquiera se sabe cuál era la grafía correcta de su apellido y entre las seis firmas que dejó no hay dos que coincidan y ninguna establece la forma en la que se inmortalizó su nombre en la historia. Tampoco sabemos si salió de Inglaterra en alguna ocasión. No se sabe qué personas frecuentaba ni con quien se divertía. Su sexualidad es un misterio inescrutable. No hay nada que certifique su paradero durante los ocho años críticos de su vida en los que dejó a su mujer – Anne Hathaway- y sus tres hijos pequeños en Stratford y se convirtió, con una facilidad casi inverosímil, en un dramaturgo de éxito en Londres.
Una obsesión académica
El estudio de Bryson consigna que el Shakespeare Quarterly, el más exhaustivo de los periódicos bibliográficos, registra al año cerca de cuatro mil nuevas obras –libros, monografías y otros estudios- consideradas serias sobre Shakespeare. Si se escribe Shakespeare en la casilla de autor de la Biblioteca Británica aparecen de inmediato 13.858 entradas. La Biblioteca del Congreso de Washington D.C. contiene unas 7.000 obras sobre Shakespeare, lo que equivale a veinte años de lectura a razón de una por día. Esto revela, para Bryson, que la cuestión shakesperiana puede llegar a extremos absurdos y reviste rasgos de obsesión académica. Más lejos se ha llegado aún: muchos expertos coinciden que en Gran Bretaña existe un tipo especial de locura: la de aquellos

que se enloquecen por pensar en Shakespeare.
Pero es precisamente la falta de datos sobre prácticamente toda su existencia lo que dota a Shakespeare del atractivo que suelen ofrecer los abismos. En tal sentido, es tan ágil y ameno el estilo de este ensayo de Bryson y tan divertida su posición descreída y desmitificadora, que de todo ello surge un Shakespeare fantasmal y difuso que tiene tanto poder como el que años de pesquisas inútiles y buceos interminables en la especulación, nos han ido imponiendo. Como para leer de un tirón y con una sonrisa cómplice en los labios.
* Bill Bryson, Shakespeare, RBA Libros, 187 p.