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El enigma Putin

Publicado el 13 de marzo de 2022 en El País de Uruguay

Si se lo mira con afán de comparar, Vladimir Putin parece uno de los villanos de las películas de James Bond, en especial las que protagonizaba Sean Connery. Su rostro tiene ese toque justo de hieratismo y frialdad de aquellas caricaturas, al punto que hace 20 años Madeleine Albright, la primera mujer secretaria de Estado del gobierno de Estados Unidos durante la presidencia de Bill Clinton, lo describió así: “Putin es pequeño y pálido; tan frío que es casi reptil”. No conozco una semblanza tan breve y despiadada sobre alguien que hoy tiene en vilo al mundo entero.

Desde que el jueves 24 de febrero Rusia inició la invasión a Ucrania, Putin ha ocupado el centro de la información, junto con el despliegue de las tropas rusas y el éxodo de ucranianos hacia Polonia y demás naciones cercanas y limítrofes. Ha sido tal el impacto de esta invasión largamente anunciada, que la pandemia de Covid 19 desapareció de los noticieros y las preocupaciones planetarias como si ya no existiese. La estrella de este desastre, con protagonismo excluyente es sin dudas el presidente de la Federación de Rusia, convertido hoy en el Hitler redivivo del siglo XXI.

La comparación con Adolf Hitler surge fácil: los prolegómenos de la invasión a Ucrania se emparentan con las acciones previas del führer antes de la invasión alemana a Polonia, el 1 de setiembre de 1939, fecha oficial del comienzo de la II Guerra Mundial. En lo previo, Hitler había anexado Austria y sus reclamos por la recuperación de los Sudetes determinaron la errónea política de “apaciguamiento” que motivó el Pacto de Múnich de 1938, con el que el primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, creyó frenar los afanes expansionistas de Alemania sacrificando a Checoslovaquia. En el presente, Chechenia, la anexión de Georgia, Crimea y otras acciones imperialistas, surgen como un paralelismo claro entre los afanes pangermánicos del cabo austríaco y el revival zarista del ex agente del KGB nacido en 1952 en San Petersburgo -en esa época Stalingrado. Pero, hasta ahí las similitudes, porque por ahora la blitzkrieg rusa no ha sido del todo eficaz hasta el momento y Ucrania resiste más de lo que Putin y sus generales esperaban.

Hoy el mundo es muy diferente al de 1939. La Unión Soviética derivada de la guerra no existe y China es la segunda potencia mundial. La Unión Europea es un conjunto de naciones debilitadas por la crisis pandémica, los incontrolables flujos migratorios, la inepcia de algunos de sus gobernantes y por haber perdido uno de sus socios principales, Gran Bretaña, por obra del Brexit. Hoy se extraña a Ángela Merkel, única figura política coherente y de relieve europeo y mundial.

En cuanto a Estados Unidos, se sabe que hace tiempo perdió su condición de policía del mundo y la influencia que tuvo en otros tiempos sobre la geopolítica planetaria ha menguado. A partir del 11 de setiembre de 2001 y desde George W. Bush para acá, todo ha sido retroceso y paulatino retiro de tropas de cuanto lugar antes invadió. Hoy Donald Trump se ufana en decir que durante su presidencia, Putin -al que llamó genio- no movilizó un solo tanque para invadir a nadie. Pero evita hacer referencia a los negocios inmobiliarios que antes de ser presidente había emprendido en Rusia con la aquiescencia del nuevo Hitler. Se olvida, también, que gracias a Putin y su equipo de hackers, fue electo presidente.

Lo que está muy claro es que Occidente carece hoy de líderes políticos capaces de enfrentar esta crisis con el coraje y la determinación que ante el desborde hitleriano lo hicieron Winston Churchill, Franklin Roosevelt y Charles de Gaulle. Por supuesto que la Unión Soviética de Josef Stalin también enfrentó a Hitler, pero antes había celebrado un pacto de no agresión que le permitió a Alemania concentrarse en su frente occidental mientras sus espaldas orientales estaban cubiertas. Ese pacto funcionó durante casi dos años.


Lo que vemos hoy es a Emmanuel Macron hablando interminablemente en una mesa kilométrica con Putin, quien le mintió y distrajo para traicionar sus dichos pocos días después. Boris Johnson, luego de las vergonzosas fiestas bajo pandemia en el número 10 de Downing Street, sobreactua su aspecto de payaso ridículo con amenazas que no sabe si puede cumplir. Joe Biden confia en la obra de las restricciones económicas y bancarias para detener al megalómano ruso. Asistimos al silencio cómplice y misterioso de China y Xi Jinping y nos conmueve el reclamo del presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, sin dormir y demacrado, tratando de que Occidente lo ayude con algo más que declaraciones, resoluciones de la ONU o quita de las claves SWIFT a los bancos rusos. Biden, además, ¡prometió perseguir a los oligarcas rusos y localizar sus cuentas y sus yates! En verdad, todo eso parece poco ante una situación que incluye la amenaza atómica.


Al parecer nadie que se opone a los designios de Putin sabe que tantos desastres le aguardan al mundo sin no se lo detiene. La invasión a Ucrania era inevitable, pero nada se planificó para enfrentarla. Compararlo con Hitler es un recurso de comunicación que debe aclarar que, en todo caso, es Hitler con el arsenal nuclear más grande del mundo. Ante esto y como comentó el periodista argentino Marcelo Longobardi, las dos opciones que tiene Occidente ante el problema son desastrosas: no hacer nada y permitir que la invasión triunfe o enfrentarla militarmente y empezar la III Guerra Mundial.


¿Apretará Putin el botón rojo? Nadie lo sabe. Desde el 31 de diciembre de 1999 cuando se convirtió en Presidente interino de Rusia luego de la dimisión de Boris Yeltsin, es el principal político ruso y ha ido acumulando poder sin pausas. Abogado y ex KGB, Putin le ha dado tiempo a los analistas y al espionaje de las grandes potencias para medirle el aceite y saber hasta donde puede llegar. Sin embargo, al parecer eso no se sabe y hoy sigue siendo un amenazante enigma que por empezar puede cortarle el gas -literalmente- a la Unión Europea. 


Muchos expertos especulan sobre su condición de paranoico y de fóbico a la cercanía humana por temor al contagio del Covid 19. Analizan su gestualidad y la manera de colocar sus hombros. Estudian sus mensajes y discursos. Especulan con indicios que nada aclaran y convierten a Putin en un villano impredecible e indescifrable. James Joyce dijo que los tiranos son enigmas hastiados de su tiranía, dispuestos a ser destronados. 


Tal vez sea ese el inconsciente deseo de Putin: inmolarse en un holocausto que todo lo destruya. 

 
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Inventar recuerdos

24 de marzo de 2022

¿Es capaz la memoria de inventar recuerdos? No solo es capaz de hacerlo sino que, además, estudios cinetíficos revelan posible implantar recuerdos falsos en la mente humana. Lo imaginado y lo real pueden confundirse y la memoria puede convertir algo imaginado en un hecho que la mente asume como verdadero. En tal sentido eso se revela como una debilidad de la memoria que confunde lo que imaginamos con lo que realmente vivimos al “grabar” su huella.


A la facultad de olvidar se le agrega la invención de recuerdos con lo cual la memoria de una persona deja de ser confiable a la hora de, por ejemplo, testificar en un juicio. Estos descubrimientos sobre lo poco confiable de la memoria han ambientado novelas y películas que aprovechan esa ambigüedad o debilidad. Pero también han llegado a la manipulación artificial del olvido o de la propia memoria.


 Una de los más notables films es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dirigida por Michael Gondry en 2004, con Kate Winslet y Jim Carrey. Ambos forman una pareja de novios que un día resuelven romper. En esa época existe una clínica capaz de borrar recuerdos de la memoria en forma selectiva, por lo cual ambos deciden borrarse respectivamente de sus mentes. Un olvido selectivo y provocado por la decisión de ambos de no sufrir por el recuerdo de esa relación fallida. La película tiene otras líneas argumentales que indagan sobre la memoria y el olvido y es fascinante su resolución. No obstante, la inquietante posibilidad de borrar recuerdos a piacere es una demostración de que la persistencia de algunos va más allá de nuestra voluntad de olvido. No administramos el olvido porque olvidar no siempre opera como un acto voluntario. Pero recordar también puede ser un acto de militancia.


Las personas que todos los 20 de Mayo concurren a manifestar en silencio por el Centro de Montevideo llevando pancartas con el nombre y la fotografía de un familiar desaparecido por la dictadura militar, saben que no pueden olvidar. Es una memoria que se niega al olvido pese al dolor que produce el recuerdo. Eso se debe a que los desaparecidos por la fuerza no pertenecen a la muerte y su incierto destino los mantiene vivos en la mente de sus seres queridos. En este caso, el olvido equivale a renunciar, no solo a la búsqueda sino a considerarlos presentes todavía, como responde la multitud de familiares cuando se pronuncia el nombre de cada uno de los que no están.


La otra película que aquí quiero mencionar es Blade Runner, dirigida por Ridley Scott en 1982, inspirada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Ambientada en el año 2019, narra en clave de serie negra y distopía futurista la historia de Rick Decker, el “Blade Runner” del título, un policía encargado de descubrir y “retirar” androides escapados de lejanas colonias espaciales y llegados a lo que queda de la Tierra tras una guerra atómica. Los androides son una asombrosa creación tecnológica capaces de sustituir a los humanos en diversas tareas. Indistinguibles por su conducta y aspecto los recién llegados son el último modelo de la fábrica que los produce y representan una amenaza por que se han rebelado y están dispuestos a sobrevivir: su vida útil programada se reduce a 4 años.


El film, que ya es un clásico, va mucho más allá de la peripecia futurista y plantea otros temas que apuntan a lo filosófico, como por ejemplo: ¿qué nos hace humanos? Eso se alude en diversos momentos y hasta incluye un test mediante el cual Decker “detecta” si alguien es humano o androide. Pero la parte más conmovedora del asunto es cuando la trama descubre que los androides tienen recuerdos implantados que les imponen un pasado ilusorio que nunca vivieron. Hasta poseen falsas fotografías de momentos inventados. Esa memoria es solo un atributo de la falsificación que implica ser androide. Inclusive sus sueños son una imposición de sus memorias artificiales. Obviamente, esos recuerdos que llevan los androides no tienen la posibilidad del olvido y esa memoria produce en ellos la duda de ser o no humanos. No se trata de recordar u olvidar sino de reconocerse en esas vivencias que forman parte de la identidad de cada uno. Eso los (nos) hace humanos. 

 
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La traición de Claude Lelouch

26 de febrero de 2022

Cuando tenía 16 años se estrenó en Montevideo Un hombre y una mujer, película que llegó precedida de la difusión en las radios de la canción principal de su banda sonora compuesta por Francis Lai. El film, dirigido por Claude Lelouch había obtenido la Palma de Oro en Cannes y luego se llevaría el Oscar de la Academia a mejor película y mejor guión original.


Mi cultura de la matiné había moldeado mi gusto cinéfilo de entonces y este se nutría del wéstern, los filmes de Bond, las comedias de Peter Sellers, la relativa calidad del cine bélico y las grandiosas superproducciones con temas bíblicos -el llamado cine de “romanos”, como entonces se decía- al tope de las cuales estaban Ben Hur, Espartaco y Cleopatra. Digamos que “el otro cine” que después habría de descubrir todavía no me había movilizado, salvo alguna producción hollywoodense más cercana al drama existencial, como Al este del paraíso o Heredarás el viento, vistas en el cine Lutecia y con poca edad para discernir el verdadero sentido de los conflictos que planteaban.


Pero un día fuimos con mis padres y mi hermano al cine Eliseo, a ver Un hombre y una mujer, cuya música fascinaba a los escuchas de los éxitos radiales. Ese badabadabá del estribillo era algo nuevo y a todos los tenía enganchados. La diferencia de edad entre mi hermano Jorge y yo en ese momento determinó que no le permitieran entrar a ver la película por ser menor de doce años. Decepcionados, mis padres se quedaron también sin verla, devolvieron las entradas y regresaron a casa. Yo entré solo a la sala -no era la primera vez que lo hacía en el cine- con un extraño sentimiento de culpa, como si la edad me hubiese habilitado a una transgresión que no era tal y el núcleo familiar que había quedado afuera me lo recriminase después. Con esos sentimientos encontrados vi esa tarde Un hombre y una mujer.

El filme de Claude Lelouch ha quedado desde que lo vi entre las diez principales películas de mi vida. Tiene algo en su manera de contar la historia, en el encanto de sus protagonistas encarnados por Jean Luis Trintignant y Anouk Aimée, en sus imágenes que luego la publicidad imitaría hasta el hartazgo y sobre todo en esa banda de sonido inolvidable y sugestiva, que al adolescente que yo era le pegaron de manera instantánea y profunda. La fascinación que me produjo la trama hizo que me enamorase para siempre de Anouk Aimée, que en ese momento tenía 34 años y era pareja de Pierre Barouh, su esposo de la película y cantante de varias de las canciones de la banda sonora. Hoy Anouk tiene 88 años y ha  estado casada cuatro veces - entre ellas con Albert Finney- y fue una de las parejas de Marcello Mastroiani. Mi sentimiento por ella nunca desapareció y la memoria de esa devoción adolescente permanece en mí todavía.


Sin embargo de la historia que cuenta Un hombre y una mujer: un viudo y una viuda jóvenes que se conocen, se enamoran, se separan porque Anne Gautier (Aimée) no logra superar el recuerdo de su esposo muerto - en el final, habrán de reencontrarse- quiero rescatar hoy la esencia de ese conflicto que Lelouch contó con encanto supremo y seductoras imágenes: la lucha entre la memoria y el olvido. Una historia íntima y humana que se narra sin caer en excesos de dramatismo o abismos de dolor. Muchos le criticaron al filme cierta liviandad de fotonovela y algunos excesos de cámara lenta y travelings circulares. No obstante, la historia es creíble y se resuelve sin palabras, apostando por la química entre Trintignant y Aimée y lo auténtico de ese vínculo.


En esa época yo ni siquiera tenía novia -en el sentido formal que entonces se estilaba- y tampoco conocía de manera cercana el tipo de conflicto amoroso que plantea el film. Personas adultas relativamente jóvenes que han enviudado y tienen una hija (Aimée) y un hijo (Trintignant), se conocen en el colegio de ambos niños y luego desarrollan un vínculo que desde el inicio queda condicionado por el recuerdo de sus respectivos cónyuges muertos, pero en el caso de Jean-Louis (Trintignant), ese recuerdo no lo paraliza. 

Es obvio que no se trata de buscar el olvido, sino el “permiso para vivir” un nuevo amor sin culpa. Mientras Anne no lo logra, el romance se posterga y parece que habrá de morir a poco de nacer. Sin embargo, al final el presente se impone y el pasado deja de condicionar la relación. En las letras de las canciones de la banda sonora el conflicto queda mejor expresado, aunque las imágenes lo sugieren con sobria economía y casi sin diálogos. No hay olvido y la memoria preserva lo vivido no ya como una carga que condiciona sino como un pasado qué hay que superar para seguir viviendo. Ese pasado que todavía sigue guiándolos -como canta Nicole Croisille en una de las bellas canciones de la banda- le impedía a Anne entregarse sin reservas a lo que siente por Jean-Louis. 


Nunca sabré por qué esa historia de un amor adulto me llegó tanto cuando la vi por primera vez. A lo largo de los años la vería varias veces más sin que disminuyera para mí su encanto y sugestión. Hasta que en 1986, a Lelouch se le ocurrió realizar la secuela de Un hombre y una mujer, título al que le agregó, precisamente, 20 años después. 


Los mismos protagonistas que se reencuentran y durante todo ese tiempo no han sabido nada el uno del otro. Es decir: el romance que nace en la primera película y aparentemente se consolida y triunfa, en realidad no ha perdurado. Lelouch nos hace trampa y cuenta una historia que desbarata la de dos décadas antes, en esa secuela que, por supuesto, no tuvo el encanto y la belleza de la original. Cine dentro del cine, Anne Gautier, que es cineasta -en el film anterior apenas era asistente de dirección- quiere realizar un film sobre su historia del pasado con Jean-Louis. Aspira a rescatarla y reconstruirla a partir de la memoria para salvarla del olvido. Por supuesto que al ver la secuela, seguí amando a Anouk Aimée, pero la película me defraduó en el sentido de que hizo trizas la idea de aquel amor adulto que la anterior me había impuesto. Después del interminable abrazo circular y de la palabra fin, nada se podía saber de lo que sucedería después, pero todo indicaba que ese final feliz iba a prolongarse con Anne y Jean-Louis juntos para siempre. Pero el propio Lelouch, con esa inapropiada secuela, destruyó mi ilusión adolescente y con 37 años y un poco más de recorrido vital comprendí que el amor de Un hombre y una mujer no era un amor adulto sino el capricho de un director que, veinte años después, decidió enmendarse la plana y convertirlo apenas en una aventura de dos viudos que finalmente no había prosperado. 


La historia permaneció en mi memoria y, como todos los que vieron la película, imaginé cómo continuaba. En tal sentido puede decirse que el film no terminaría nunca y que Anne y Jean-Louis no serían víctimas del capricho de un director guionista. 


Memoria, olvido, guiones y secuelas han seguido retocando esta historia y a más de 50 años de su primera versión, Lelouch parece no haberse liberado de los personajes y su deriva vital. Mientras escribo esto me he enterado que filmó Los años bellos de una vida, otra vez con Trintignant y Aimée como protagonistas, ya sobradamente octogenarios. He visto el trailer, que incluye escenas de Un hombre y una mujer, y otras actuales con la magnífica plenitud de Anouk que no ha perdido un gramo de femineidad y encanto pese a las décadas y el sí envejecido Trintignant que con su rostro ajado mantiene intacta aquella simpatía. Por ahí en el argumento asoma el Alzheimer y otra vez la memoria y el olvido juegan sus roles. El guabadabadá se escucha, lejano y cargado de nostalgia.


Si tengo que hacer un balance de esos tres momentos de la historia de Anne y Jean Louis, concluyo que al final Lelouch me traicionó. Procedió como un manipulador frívolo y abusador de sus propios personajes. Si la segunda historia fue innecesaria, la tercera -por lo que pude ver- es cruel. Se puede decir que lo que el director narró en los tres filmes a propósito de un hombre y una mujer es la vida misma. Pero como se trata de cine, la vida verdadera y posible no interesa. Para eso vemos películas, porque queremos escapar de la tiranía de lo real y acceder a una dimensión de sueños dirigidos, como ha dicho Fellini. La memoria, en mi caso, recuerda la primera historia de Anne y Jean Louis y olvida absolutamente todo de lo que sucede veinte años después. El epílogo he decidido no verlo.