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El fin de la vida privada

2 de Agosto de 2021

Hace algunos años, ese filme inteligente y original que es The Truman Show –dirigido por Peter Weir en 1998, con un genial Jim Carrey - planteaba el extremo de una vida registrada desde el nacimiento a la madurez a través de un show televisivo cuyo protagonista principal, el Truman del título, ignoraba que millones de televidentes lo estaban mirando. Su vida entera –que transcurría en un decorado gigante que simulaba una ciudad llamada Seahaven- era trasmitida en directo desde hacía treinta años, pero él no lo sabía. La metáfora que planteaba el filme funcionaba en varios niveles, entre ellos el del control total de un poder superior sobre el pobre Truman. 

Poco tiempo después, en el formato televisivo del orwelliano Gran Hermano desarrollado en decenas de países, la ficción se hizo realidad cuando un grupo de personas empezó a vivir 24 horas bajo la mirada de los demás. Era lo banal y cotidiano llevado a la categoría de espectáculo masivo y la vida real como show para ser Truman por propia voluntad. Era “1984” en tono de comedia. Era The Truman Show con absoluta aceptación de sus participantes.

A partir de entonces comenzó la edad de la exhibición personal y la búsqueda no ya de quince minutos de fama sino del quiebre en que la vida anodina y privada queda abolida. Todo debe saberse, verse, exponerse y someterse a la mirada de los demás y hasta los gobiernos no dejan de parecerse a los gobernados en sus debilidades, miserias y dobleces, aspecto que el sonado caso Wikileaks de 2010 expresó en su momento. El asedio a la privacidad y la vocación exhibicionista de la sociedad posmoderna determina una especie de transparencia total –el término es de Baudrillard-, de visibilidad obscena. Obsceno, en el sentido de mostrarlo todo porque sí y para nada, aniquilando el sentido o la necesidad de lo que se ve. 

Lo que caracteriza este primer quinto del siglo es el fin de la vida privada. La tecnología sumada al avance de agentes privados y estatales sobre el individuo determina que muchos límites queden borrados. La intimidad y el anonimato se disuelven en el panóptico de las cámaras de vigilancia de los espacios públicos, en las listas de consumidores con nombre y apellido que las organizaciones de ventas persiguen, en el asedio de los sistemas de telemarketing, en el cruce de información de las agencias estatales a propósito de los ingresos, egresos y transacciones de las personas. A eso se suma la tecnología de los smartphones que capturan imágenes, las retocan o las falsean y las convierten en fetiches del comercio interpersonal de información. La compulsión a tuitear, utilizar Facebook, Instagram, Tik Tok y demás vidrieras virtuales para exhibirse y por tanto exponerse y otros tantos etcéteras ha determinado claramente el ocaso de la privacidad. A esto se le suman los programas de reconocimiento visual instalados en las calles de China, que imponen una mayor vigilancia y control sobre sus ciudadanos. 

En la intimidad del hogar cada noche nos sentamos ante la pantalla a mirar un informativo y vemos todo lo que sucede casi en directo: el almacenero asaltado, el guardia baleado, la humilde vivienda incendiada, el herido atendido por los paramédicos o el muerto tapado con plástico. Vemos la crisis de llanto de una víctima de la violencia doméstica o la mirada cínica del torturador conducido al juzgado. 

Los medios audiovisuales pueden acompañar el megaoperativo policial y registrar si tienen suerte las detenciones y los cacheos, las corridas por los callejones de tierra y la búsqueda de los criminales. Inclusive los delitos son registrados –por cámaras ocultas- en el momento en que se producen y luego mostrados en las noticias de portada. El conjunto es un show que no difiere mucho de una serie porque la pantalla aplana y desjerarquiza los hechos y los iguala en la expresión neutra del comunicador que detiene su raconto de noticias para ir a la tanda.

Cuanto más se nos muestra, menos posibilidades tenemos de ver. Se nos crea la ilusión de que podemos entender lo que sucede en función de la cantidad de lo mostrado. Esa sobreabundancia de la información, de los registros mediáticos de lo real, de lo banal convertido en show, sumado al avance de las organizaciones estatales y privadas sobre el individuo apuntan en un solo sentido: disminuir el espacio individual y adelgazar la vida privada. La realidad ha adquirido la lógica de un espectáculo y como protagonistas o espectadores vamos camino a ser Truman aunque no queramos.

Con la pandemia han surgido nuevos escenarios de control, algunos inevitables. En el país, el registro vacunatorio incorpora los datos de los que quieren inocularse. El llamado pase verde -de concretarse- establece un distintivo entre ciudadanos vacunados y no vacunados. En Francia eso ha sido objeto de protestas ciudadanas, pero finalmente el documento fue aprobado por la legislatura. El progreso científico y las técnicas de registro informático que las propias redes amplifican, nos enfrentan a una era de control total sobre los ciudadanos. 

Para evadirnos de todo esto habría que empezar por no usar celular. Ni internet. Pero tampoco tarjetas de crédito. No tener una cuenta bancaria. Comprar y pagar en efectivo. Carecer de cobertura médica y no tener ningún vínculo con el Estado. No pagar impuestos. Disponer de electricidad y agua propios. No vivir en una ciudad y en lo posible hacerlo en medio del campo. No tener que trabajar para otro. No ser identificable ni ubicable. Aún sin pandemia, no tener vida social salvo con los que comparten nuestras renuncias. 

Como puede verse, en realidad no tenemos escapatoria. Además, quienes tienen posibilidades de evadirse son los excluidos por el sistema por su situación económica, social y educativa. Quieren ingresar, claro. Y en la medida que lo hagan y progresen, pasarán a formar parte del rebaño, pero no serán inmunes a la vigilancia y el control que a la larga van a aceptar. La era Truman llegó para quedarse.