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Teoría y praxis de la valija

6 de Agosto de 2021

Por razones sanitarias hace tiempo que no viajo, pese a lo cual a veces añoro la posibilidad de manipular otra vez una valija, objeto que puede simbolizar muchas situaciones, desde el descubrimiento de nuevas ciudades al dolor del exilio. 


La palabra valija proviene del italiano que se habla en el norte, valigia, y su etimología es incierta. Podría derivar del árabe ualiha, que significa bolsa, del latin vidulus, saco o bolsa de viaje, o del alemán felleisen que se traduce como piel de animal. Sus sinónimos habituales no me agradan: maleta, equipaje, maletín. Antes también se utilizaban baúles de viaje, pesados y de difícil traslado, pese a que Louis Vuitton creó verdaderas obras maestras para la especie. Lo que cabe en una valija es siempre asombroso, porque se plantea la paradoja de que una valija es siempre más grande por dentro que por fuera. 


En 1961, Valerio Zurlini filmó La muchacha de la valija, con Claudia Cardinale y Jacques Perrin, poniendo el objeto al servicio de la caracterización de la protagonista. Por alguna razón, ese detalle le dio fuerza al título, sin que importe lo que esa valija contenía, probablemente las ilusiones de la muchacha. En una valija siempre es más importante el contenido que el continente.


Las valijas siempre me han parecido objetos inquietantes, dotados de un mudo misterio cuando están cerradas o de cierta incomodidad o impudor cuando están abiertas para ser llenadas o vaciadas. Cuando circulan por la cinta transportadora luego de un viaje, tienen una desolación de animal extraviado, de perro que busca dueño. Ni bien el propietario la distingue en el conjunto, parece que va a saludarla y hasta decirle: tranquila, estoy aquí, ya voy a sacarte de la calesita.


A veces, esperando la mía en algún aeropuerto, detenido junto a esa noria que va girando ante la ansiedad y la urgencia nerviosa de la mayoría de los pasajeros, suelo descubrir asombrosas correspondencias entre las valijas y sus dueños. Creo que, en definitiva, cada uno tiene la valija que se merece y valijas y pasajeros tienden a parecerse. 


En general, las personas mas serenas y aplomadas suelen viajar con poco equipaje y hasta por la manera de llevarlo dan la impresión de que no les pesa demasiado. Es más, no llevan o arrastran su equipaje, sino que este parece que los sigue en forma obediente sin provocarles ningún tipo de trastorno. Son aquellos viajeros que jamás gastan o pierden el tiempo en hacer envolver sus maletas con metros de nylon transparente hasta transformarlas en embutidos.


El mundo de las valijas también es un mundo de arquetipos, de valijas ideales, de mitos. La valija más complicada de todas es la valija que se pierde, la que va a dar a otro aeropuerto a miles de millas de donde estamos. A veces regresan, en general abiertas por manos criminales, tajeadas o forzadas y trayendo un escalofrío: el nuestro mientras revisamos cuánto falta de su contenido. 


También está la famosa valija diplomática, que es una metáfora de los obstáculos, trámites y extravíos que desaparecen cuando se la utiliza. Por último y sin que se agote el imaginario, el famoso tango A la luz del candil, compuesto por Carlos Vicente Geroni Flores con música de Julio Navarrini nos ha dejado la estrofa inolvidable de “Las pruebas de la infamia/las traigo en la maleta:/¡las trenzas de mi china /y el corazón de él!”, una imagen casi surrealista para simbolizar los variables contenidos de una valija, que en este caso pertenecía a un tal Alberto Arenas, que afirmó ser un gaucho honrado a carta cabal, más allá de lo que había en su valija.


En general no existe poesía sobre valijas. No obstante lo anterior, quiero rescatar para redondear estas desordenadas glosas el sensible pensamiento del filósofo y polígrafo Manuel Mandeb, hombre sensible del barrio de Flores citado siempre por el maestro Alejandro Dolina: “Todo viajero es la mitad de sí mismo. No hay lugar en los aviones para llevar las cosas que lo completan. Esquinas, gestos, personas, vientos, olores, tapias, saludos, colores y miradas no caben en las valijas.” Exquisita reflexión que condensa el fracaso de las Samsonite y el arte eficaz pero inútil de las Primicia para contenernos. Ninguna cifra puede pagar todo lo que en una valija no entra y por más que nos esforcemos, lo que llevamos en ella nunca es suficiente.