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La misión Rockefeller

11 de setiembre de 2021

Capítulo 1

El verano de 1941 en Manhattan transcurrió muy lento para mí. A comienzos de julio renuncié a mi puesto en el departamento de seguridad de la tienda Bloomingdale’s. Había ingresado allí en 1935, después de un desganado intento por incorporarme al negocio familiar de los restaurantes en Brooklyn. 

La gastronomía no era mi vocación y ni siquiera la posibilidad de ocuparme solamente de llevar el detalle de las adiciones y atender la caja registradora habían podido afincarme en el negocio que mi padre Vittorio y mi tío Gino habían desarrollado con esfuerzo y tenacidad de inmigrantes. Si bien por derecho de herencia yo era propietario de una tercera parte de lo que había pertenecido a mi padre, eran mi hermanos Giulio y Mafalda quienes llevaban las riendas de los dos establecimientos, porque el socio de Vittorio, mi tío Gino, ya se había retirado. 

En realidad, el intento de colaborar con mis dos hermanos en la empresa, había sido una coartada para abandonar la Agencia de detectives luego de haberme desencantado de la profesión tras un caso fallido en el lejano Sur, a mediados de 1933. Aquel viaje me había llevado al pasado, a mi infancia en Montevideo, pero profesionalmente había sido un fracaso. El caso Bonapelch –que había viajado para investigar y resolver- había sido desde el comienzo de mi trabajo un caso perdido y todavía lamentaba la muerte de un informante –un humilde lustrabotas- por culpa de mi falta de experiencia en la protección de testigos.

Lo mejor del viaje sucedió durante la travesía desde la Habana a Río de Janeiro en el vapor Valdivia. El recuerdo de Miranda White, a quien por encargo de su padre debí proteger durante el viaje, todavía se mantenía íntegro en mi memoria. El trabajo lo había cumplido por fuera de los cometidos de la Agencia y ello me había llevado a resolver un secuestro a bordo, del cual yo mismo había sido acusado. Ese fue mi único éxito en una misión que quizá nunca debí emprender.

Tras mi estadía en Montevideo, regresé a Nueva York con la decisión de dejar la Agencia y alentando ya la idea de escribir. El impulso surgió durante la redacción del informe del caso Bonapelch, en el cual había involucrado mucho más que un objetivo recuento de los hechos. Lo que sobrevino después fue el trabajoso intento de inventar argumentos y personajes para escribir historias detectivescas. Se trataba de cambiar la acción por la reflexión y la realidad por la ficción. 

Pero como siempre sucede, ficción y realidad suelen ser mundos distantes, pese a mi inicial intención de mezclarlos. Abrirme camino en la escritura era algo tan difícil como destacarme en el oficio de detective.

Tal vez por esa circunstancia, cuando a comienzos de 1942 - el desastre de Pearl Harbor ya había metido a Estados Unidos en la guerra- Ridley O’Mara me llamó para encontrarnos en su oficina, yo accedí de inmediato a la cita. No sabía para qué necesitaba verme, pero bastó escuchar su voz dura y afable a la vez para que aceptara de inmediato visitar la Agencia.

El país estaba viviendo la psicosis de la guerra y luego del 7 de diciembre de 1941 flotaba un aire ominoso en el ambiente y la sensación de que cada destino personal estaba en entredicho por el desastre de Pearl Harbor. Las potencias del Eje no solo asolaban Europa y el Pacífico, sino que en cualquier momento podían invadir América. Sin embargo, el drama del ataque japonés apenas si me afectó: en la víspera, mi madre murió de una apoplejía en el Hospital Central de Brooklyn, como mi padre lo había hecho ocho años antes. Con mis hermanos nos enteramos de Pearl Harbor mientras hacíamos los preparativos para el funeral, y la dimensión del hecho se atenuó por el dolor familiar.

Luego, la idea de estar viviendo en una nación en guerra se impuso y el duelo se disolvió en una sensación de temor omnipresente mezclado con euforia patriótica. Por mi edad era probable que fuera llamado a filas y mi ánimo me predisponía a ser útil de alguna manera.

La invitación de O’Mara llegó en un momento inesperado, y pensé que se trataba de algo importante para lo que me necesitaba. No fue una intuición equivocada.