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La invención de Bioy

13 de Agosto de 2021

Finales de la década del 30 del siglo pasado en la provincia de Buenos Aires: en una estancia del Sur, llamada Rincón Viejo, el hijo de su propietario devenido en mal administrador, entusiasta sportman y aspirante a escritor con seis libros -según su parecer pésimos - ya publicados, se aboca a la escritura de una obra que deberá redimirlo de las pifias anteriores. En la molicie de la estancia familiar, aislado de la vida bulliciosa de la capital y con una idea brillante para su argumento, Adolfo Bioy Casares – ese bacán melancólico como lo definió Elvio Gandolfo-  comienza a escribir La invención de Morel, la novela que habrá de catapultar definitivamente su destino de escritor y de cuya publicación se cumplen en 2010 setenta años. 

Lo que Bioy no imaginó al iniciar su séptimo libro, cuya trama será, según su prologuista y amigo Jorge Luis Borges “perfecta”, es que este describiría con sobrecogedora anticipación un procedimiento fotográfico cuya invención se producirá, y de manera todavía incipiente, recién diez años después, con los trabajos e investigaciones del científico húngaro Dennis Gabor, Premio Nobel de Física en 1971. Lo que Gabor desarrolló a partir de 1948 fue el sistema de fotografía conocido como holografía.

La holografía se puede describir en pocas palabras como un sistema de fotografía tridimensional, sin el uso de lentes para formar la imagen. Esta es una de las técnicas ópticas que eran teóricamente posibles antes de la invención del láser, pero que no se pudieron volver realidad hasta la existencia de este. Holografía viene del griego “holos”, que significa “completo”. Hasta la llegada del láser - sigla que deriva de la expresión inglesa “light amplification by the simulated emision of radiation” y refiere al invento del norteamericano Theodore Maiman, en 1960- la holografía no adquirió la notoriedad y utilidades que ofrece en la actualidad, que van desde la construcción de imágenes de un realismo sorprendente a la impresión de símbolos o elementos visuales sobre tarjetas de crédito para tornarlas prácticamente infalsificables. Para describirlo en palabras sencillas: la fotografía es bidimensional y plana. Un holograma es una imagen fantasmal, fascinante y luminosa que puede verse en tres dimensiones, permitiendo que giremos –por ejemplo- en torno a una silla y la veamos de frente y luego de costado en sus más mínimos detalles. 

En 1985 tuve la oportunidad de visitar una deslumbrante y completa exposición de hologramas en París y lo primero que me vino a la mente al ver las imágenes creadas por distintos artistas – incluida una Mafalda de Quino- fue La invención de Morel, que había leído unos años antes. La ficción había anticipado a la ciencia, como muchas veces ha sucedido. 

Es obvio que Denis Gabor no había leído La invención de Morel, publicada en 1940 cuando su autor tenía 26 años, de la misma manera que Bioy no manejaba conocimientos científicos que le permitieran concebir el asombroso mecanismo de proyección de imágenes que desarrolló en su novela y que deliberadamente describió de manera vaga. 

Para desarrollar su trama el autor aprovecha el tópico de la isla desierta, del hombre perseguido que huye, de la geografía hostil, del aislamiento obligatorio y del diario del protagonista que testimonia su aventura. De esa suma de lugares comunes surgirá, impecable, una narración pautada por las frases cortas, contundentes, que instalan al lector en los pies de alguien sin nombre que con creciente estupor irá descubriendo que la isla no es segura y que las construcciones misteriosas –un museo, una capilla, una pileta de natación- aparentemente abandonadas que se erigen en su parte alta, albergan a un grupo de personajes insólito, del que destacan el anfitrión tenista Morel – cuyo nombre e isla evocan al Dr. Moreau de H.G. Wells y a la isla de Utopía de Tomás Moro- y la hierática y bella Faustine de la que el narrador habrá de enamorarse. Esas presencias que aparecen y desaparecen de manera inquietante y arbitraria, atormentan al fugitivo y a la vez lo fascinan. Descubrir su procedencia, sus propósitos y por fin la verdadera naturaleza de su esencia, obsesionará al infeliz perseguido y le conferirá una humanidad conmovedora y patética. Cuando el atribulado testigo descubra la naturaleza de lo que ve –personas, aves, vegetación, construcciones, soles y lunas- comenzará otra historia, la de la inmortalidad y sus posibles versiones.

Anticipatoria de películas como El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais – cuyo argumento le debe muchísimo-, la obra maestra de Bioy registra sus ecos en productos actuales como la saga de Matrix o la serie Lost, que en uno de sus capítulos muestra a uno de sus personajes –Sawyer- leyendo una versión en inglés de La invención de Morel. 

¿En base a qué anticipación inconsciente pudo Bioy describir, con recursos acotados al lenguaje, sin alardes teóricos y con una coherencia estética impecable, un ingenio tan sofisticado y sugestivo que duplica los seres vivos, los objetos y aún los astros? 


A 81 años de su primera edición, La invención de Morel sigue manteniendo intacta su fascinación porque su esencia está hecha de la posibilidad de soñar otras realidades y fijarlas, no ya en sofisticadas dimensiones holográficas sino sobre una variable suma de humildes rectángulos de papel.