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Variaciones sobre Bartleby

5 de Julio de 2021

Cada vez que leo este texto de Herman Melville de 1856 se me ocurren nuevas interpretaciones. Como sucede con muy pocas obras de la literatura, su relectura a lo largo de los años siempre satisface mi interés y renueva el misterio sobre su contenido. Ante Bartleby todo es posible, porque Bartleby es como un vacío que podemos llenar a nuestro antojo. Todo cabe en Bartleby porque de él nada sabemos y entonces nos tienta adjudicarle a su conducta motivaciones o interpretaciones diversas. En tal sentido, Melville nos ha dado una narración que jamás concluye o jamás cesa de significar, porque el vacío que sentimos existe dentro del personaje , es absoluto, infinito. 

El narrador
Quien narra Bartleby es un abogado de edad madura que se describe a sí mismo como alguien que desde su juventud tuvo la convicción de que la vida fácil es la mejor. Es un profesional sin ambiciones, que va sobre seguro y desdeña el aplauso del público, pese a que dice pertenecer a una profesión enérgica y turbulenta. Lo que Melville nos advierte con todas estas características que adornan a su narrador es que el punto de vista para referir los hechos es el de alguien sobrio, racional, conservador y en general discreto que además es abogado, con toda la carga de lógica jurídica y forense que su profesión le ha impuesto. Es, en definitiva, uno en quien podemos confiar y por tanto creerle lo que va a contarnos.

El lugar
Tras presentarse y habiendo reflexionado ya en los primeros párrafos que el Bartleby del título fue el copista más extraño del que haya tenido noticia y de hacernos notar que por treinta años ha tenido contacto con los llamados escribientes o copistas judiciales, no podemos soslayar que uno de los metamensajes del argumento es, vaya detalle, la escritura. Se trata de copistas amanuenses, escribientes, personas que no escriben bajo inspiración o lo que se les ocurre sino que lo hacen tomando, reproduciendo la palabra de otro y además multiplican esa copia original en otras, idénticas, escrupulosamente corregidas y controladas, palabra por palabra. Se sabe que Melville desdeñaba los significados metafóricos o alegóricos de sus obras, en especial los que referían a Moby Dick, pero, ante un texto como Bartleby tal declaración no deja de ser un estímulo para que sí encontremos esos significados.
Del vasto océano y la inmensidad de la novela cetáceo, pasamos al acotado universo oficinesco de Bartleby, descrito con suficientes detalles por el narrador como para que apreciemos su condición cerrada, opresiva y casi autosuficiente. 

Bartleby
Un escritor puede definir un personaje desde la posición omnisciente que permite la tercera persona y construirlo desde múltiples dimensiones: su aspecto, su edad, sus aptitudes y actitudes. Puede meterse en su conciencia y describir sus sueños más recónditos, sus miserias y virtudes. Para el caso de Bartleby, el punto de vista, como ya vimos, es el del abogado que padece a Bartleby y toda la historia se arma a partir de su testimonio. Y su testimonio no dota a Bartleby de interioridad o vida: Bartleby es un vacío, una desoladora ausencia, un misterio y el inútil poder de lo racional para explicar lo inexplicable. Porque el conflicto básico de la negativa de Bartleby tiene dos momentos absolutos: primero escribe, pero se niega, se rehúsa a hacer otra cosa fuera de copiar. La segunda y más grave negativa de Bartleby ya apunta a su esencia: negarse a copiar, a escribir, abandonar la escritura, es decir la palabra del abogado. 

Preferiría no hacerlo
La frase original del inglés que resume la negativa de Bartleby es “I would prefer not to” expresión verbal condicional que se traduce como “preferiría no hacerlo. Con esa elegante y educada expresión Bartleby se enfrenta a su empleador y al orden establecido en la oficina. Se enfrenta a lo esperable que haga, desbarata la lógica y dinamita toda posibilidad de comprensión por parte de los otros. Bartleby es un enigma, un “otro” que subvierte, un rebelde injustificado, una presencia que tuerce la rotación de ese mundo de la oficina. Bartleby es un escándalo silencioso, una tormenta inmóvil, un

enviado de las tinieblas. 

El quiebre
Más allá de la serie de negativas y sus consecuencias momentáneas, el punto de inflexión más inquietante de su actitud es la decisión de Bartleby de vivir en la oficina con sus humildes pertenencias. El abogado pierde el dominio sobre su espacio, su propiedad, el ámbito que él controla y gobierna. Hay un desplazamiento de los roles y el abogado se doblega ante la fuerza del vacío e indefensión de Bartleby. Es el triunfo de la posibilidad de negarse.
Finalmente Bartleby es detenido por la policía y llevado a la cárcel. Antes asistimos a nuevas variantes de la negativa primigenia, pero todas abonan lo mismo: no hacer nada, no actuar, permanecer sin participar. Por supuesto que todo esto también se lee como la descripción de un caso psiquiátrico publicado en el año del nacimiento de Freud. 

El final de Bartleby
No hay respuesta ni explicación para la actitud de Bartleby y el argumento post mortem presentado en las últimas líneas, del que el propio narrador duda, es quizá una concesión a lo verosímil, una solución del enigma inferior al propio enigma. Hay una condición inmolatoria en el final, Bartleby muere por nosotros y para redimirnos del error. Su negativa es cósmica y su gesto absoluto. Bartleby, el escribiente, es un texto que leído y vuelto a leer sigue enfrentándonos a

lo que somos y acaso ignoramos.