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Soñar y escribir

25 de marzo de 2022

Jorge Luis Borges habla sobre la relación entre la literatura y el sueño y en el prólogo de El informe de Brodie afirma que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido. Uno de sus cuentos más famosos, Las ruinas circulares, postula la creación de un hombre a fuerza de soñarlo. Desde la bíblica, la literatura abunda en ejemplos de sueños inspiradores, premonitorios o explicativos de alguna situación.  Por supuesto que la historia de la ficción narrativa tiene señalados títulos cuyo orígen se ubica en un sueño.


Eva surge de un sueño de Adán: Entonces Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán, y mientras este dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre, dice el Génesis.

  

 Jacob, con una piedra como cabezal, sueña el cielo y la tierra y la comunicación entre ambos. Según las Escrituras, Jacob partió de Berseba y se encaminó hacia Jarán.  Cuando llegó a cierto lugar, se detuvo para pasar la noche, porque ya estaba anocheciendo. Tomó una piedra, la usó como almohada, y se acostó a dormir en ese lugar.  Allí soñó que había una escalinata apoyada en la tierra cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios.  En el sueño, el Señor, de pie junto a él, y decía: “Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac. A ti y a tu descendencia les daré la tierra sobre la que estás acostado.  Tu descendencia será tan numerosa como el polvo de la tierra. Te extenderás de norte a sur, y de oriente a occidente, y todas las familias de la tierra serán bendecidas por medio de ti y de tu descendencia.  Yo estoy contigo. Te protegeré por dondequiera que vayas, y te traeré de vuelta a esta tierra. No te abandonaré hasta cumplir con todo lo que te he prometido”.


Todo esto sin salir de las páginas del Génesis. El sueño abre ventanales a lo sagrado, según entendió Hölderlin, para quien el hombre es mendigo cuando piensa y un dios cuando sueña. Pero no se trata solo de soñar sino, como ya vimos, de recordar lo soñado. En tal sentido es asombroso que Jacob pudiese recordar con toda precisión lo que Dios le manifiesta en el sueño.


En 1816, Mary Shelley tenía tan sólo dieciocho años cuando pasó el verano con su amante (y futuro marido) Percy Shelley, en la finca de Lord Byron en Suiza. Una noche, mientras estaban sentados frente al fuego, la conversación indagó en el tema de la reanimación de cuerpos humanos mediante corrientes eléctricas. El tema, apasionante si consideramos la época, favoreció el intercambio de opiniones. Mary Shelley fue a su cama esa noche con imágenes de cadáveres que vuelven a la vida agitándose en su mente. Tras dormirse, soñó con eso y vio claramente el monstruo de Frankenstein y conoció las circunstancias en las que había sido creado.

Mary se despertó y de inmediato comenzó a escribir un cuento corto sobre su sueño, sin dudas por temor a olvidarlo. Meses después su marido, también escritor, le animó a ampliar la historia en una novela. Mary así lo hizo, y la gran obra maestra literaria Frankenstein se publicó y su éxito llega hasta nuestros días. ¿Con qué recuerdos e imágenes de su mente armó Mary Shelley a Frankestein en su sueño? 

El escocés Robert Louis Stevenson era ya un escritor reconocido cuando tuvo un sueño acerca de un doctor que padece un trastorno de doble personalidad, y el autor de La isla del tesoro despertó presa de un frenesí creativo. Stevenson rápidamente anotó las escenas de su sueño y luego escribió en menos de tres días un primer borrador de su novela. Como era su costumbre, pidió a su esposa que examinara el proyecto y, con sus sugerencias, terminó todo el manuscrito en tan solo diez días contados a partir del momento en que despertó de su sueño. Para ello se dice que consumió grandes cantidades de cocaína, que en esa época no estaba mal considerada. La historia de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde ha resistido la prueba del tiempo, acumulando decenas de ediciones, adaptaciones teatrales y versiones cinematográficas hasta el día de hoy. ¿Qué extraña conexión operó en la mente de Stevenson durante ese sueño que le impuso íntegra su novela más famosa?

Stephen King es uno de los escritores más prolíficos y populares de nuestro tiempo y uno de mis autores norteamericanos preferidos. Su voluminosa obra es imposible que sea pareja, pero ha escrito algunas novelas notables que van más allá de lo que la crítica suele esperar de un autor de Best Sellers como Carrie o El resplandor, una de las mejores es Misery, que una vez que se empieza es imposible dejar de leerla.

King cuenta que se quedó dormido en un avión y tuvo un sueño acerca de una fan que secuestra a su autor favorito y lo convierte en su rehén. Cuando despertó, King estaba tan ansioso por capturar la historia de su sueño que en el aeropuerto y de manera casi frenética escribió las primeras 40 páginas de la novela. Una vez terminada y publicada, Misery se convirtió en un best-seller que inspiró una película de éxito y en 1990 le reportó a Kathy Bates, por el papel de la desquiciada fan Annie Wilkes, el premio Oscar como Mejor Actriz y el Globo de Oro.


Por supuesto qué hay muchos más ejemplos de obras de la literatura inspiradas en sueños. La paradoja radica en que todo lo que soñamos ya está en nuestra mente, posiblemente bajo otra clave. Pero, la pregunta que para mi nunca nadie ha respondido de manera definitiva es ¿cómo se arman los sueños? 

 
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Inventar recuerdos

24 de marzo de 2022

¿Es capaz la memoria de inventar recuerdos? No solo es capaz de hacerlo sino que, además, estudios cinetíficos revelan posible implantar recuerdos falsos en la mente humana. Lo imaginado y lo real pueden confundirse y la memoria puede convertir algo imaginado en un hecho que la mente asume como verdadero. En tal sentido eso se revela como una debilidad de la memoria que confunde lo que imaginamos con lo que realmente vivimos al “grabar” su huella.


A la facultad de olvidar se le agrega la invención de recuerdos con lo cual la memoria de una persona deja de ser confiable a la hora de, por ejemplo, testificar en un juicio. Estos descubrimientos sobre lo poco confiable de la memoria han ambientado novelas y películas que aprovechan esa ambigüedad o debilidad. Pero también han llegado a la manipulación artificial del olvido o de la propia memoria.


 Una de los más notables films es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dirigida por Michael Gondry en 2004, con Kate Winslet y Jim Carrey. Ambos forman una pareja de novios que un día resuelven romper. En esa época existe una clínica capaz de borrar recuerdos de la memoria en forma selectiva, por lo cual ambos deciden borrarse respectivamente de sus mentes. Un olvido selectivo y provocado por la decisión de ambos de no sufrir por el recuerdo de esa relación fallida. La película tiene otras líneas argumentales que indagan sobre la memoria y el olvido y es fascinante su resolución. No obstante, la inquietante posibilidad de borrar recuerdos a piacere es una demostración de que la persistencia de algunos va más allá de nuestra voluntad de olvido. No administramos el olvido porque olvidar no siempre opera como un acto voluntario. Pero recordar también puede ser un acto de militancia.


Las personas que todos los 20 de Mayo concurren a manifestar en silencio por el Centro de Montevideo llevando pancartas con el nombre y la fotografía de un familiar desaparecido por la dictadura militar, saben que no pueden olvidar. Es una memoria que se niega al olvido pese al dolor que produce el recuerdo. Eso se debe a que los desaparecidos por la fuerza no pertenecen a la muerte y su incierto destino los mantiene vivos en la mente de sus seres queridos. En este caso, el olvido equivale a renunciar, no solo a la búsqueda sino a considerarlos presentes todavía, como responde la multitud de familiares cuando se pronuncia el nombre de cada uno de los que no están.


La otra película que aquí quiero mencionar es Blade Runner, dirigida por Ridley Scott en 1982, inspirada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Ambientada en el año 2019, narra en clave de serie negra y distopía futurista la historia de Rick Decker, el “Blade Runner” del título, un policía encargado de descubrir y “retirar” androides escapados de lejanas colonias espaciales y llegados a lo que queda de la Tierra tras una guerra atómica. Los androides son una asombrosa creación tecnológica capaces de sustituir a los humanos en diversas tareas. Indistinguibles por su conducta y aspecto los recién llegados son el último modelo de la fábrica que los produce y representan una amenaza por que se han rebelado y están dispuestos a sobrevivir: su vida útil programada se reduce a 4 años.


El film, que ya es un clásico, va mucho más allá de la peripecia futurista y plantea otros temas que apuntan a lo filosófico, como por ejemplo: ¿qué nos hace humanos? Eso se alude en diversos momentos y hasta incluye un test mediante el cual Decker “detecta” si alguien es humano o androide. Pero la parte más conmovedora del asunto es cuando la trama descubre que los androides tienen recuerdos implantados que les imponen un pasado ilusorio que nunca vivieron. Hasta poseen falsas fotografías de momentos inventados. Esa memoria es solo un atributo de la falsificación que implica ser androide. Inclusive sus sueños son una imposición de sus memorias artificiales. Obviamente, esos recuerdos que llevan los androides no tienen la posibilidad del olvido y esa memoria produce en ellos la duda de ser o no humanos. No se trata de recordar u olvidar sino de reconocerse en esas vivencias que forman parte de la identidad de cada uno. Eso los (nos) hace humanos.