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Muerte y resurrección del bigote

25 de julio de 2021

               A finales de la década del 50 era común para los hombres el uso de bigote. Mi padre y algunos de mis tíos lo llevaban. El hábito, sin duda, era producto de la moda que los arquetipos del cine imponía. Hollywood exportaba ideales de belleza para ambos sexos y, para el caso de los varones, estrellas como Clark Gable, Errol Flynn o Adolphe Menjou fueron representantes de un estilo en el cual el bien recortado pelo sobre el labio superior era un atributo de masculinidad con un desarrollo de larga data en la historia. La variante ridícula la había aportado Aldolf Hitler a partir de la década del 30 y claro, sin duda el breve rectángulo bajo su nariz recordaba al famoso e inquieto bigotito de Charles Chaplin. No en vano, cuando Chaplin realiza El gran dictador como una parodia sobre el nazismo y el cabo austríaco, le costó muy poco parecérsele. También existía la versión mejicana del bigote a lo Pancho Villa o Emiliano Zapata, que imponía sus puntas hacia abajo y superando la línea de las comisuras. 

Como sea, el bigote formaba parte del look masculino y buena parte de los hombres del medio siglo lo usaban. Pero a comienzos de la década de los 60 algo sucedió y sin que mediara explicación que yo recuerde, mi padre y otros portadores de bigote que yo conocía, decidieron afeitárselo.

                 De pronto la distancia existente entre el labio superior y la nariz pareció aumentar y la ahora afeitada zona dejó al descubierto una porción de la cara que antes no se veía. Algunos hombres parecían más jóvenes y los que conservaron el bigote por lo general superaban la cincuentena. Así, de manera indolora y progresiva, el bigote fue perdiendo vigencia y rápidamente casi despareció de las caras masculinas. Al menos eso sucedió en el mundo occidental y capitalista, en una mitad del mundo bipolar de la Guerra Fría: Europa, Estados Unidos y los países más europeizados de América Latina, como el nuestro. Los bigotes que subsistían se convirtieron en algo antiguo, fuera de moda. Por aquí remitían a la estética del tango, a la apariencia maleva, orillera o al eco de las mejicaneadas que todavía llegaban a través del cine con actores como Pedro Armendáriz o cantores como Pedro Vargas o el estilo italiano con el fino bigotito que lucía Doménico Modugno, triunfador en San Remo con Volare.

                 A fines de 1962, concretamente el 5 de octubre, sucedió algo que cambiaría no solo la música popular, sino que además introduciría una nueva estética en el aspecto masculino, en la moda de los jóvenes y en especial en el largo del cabello. Ese día de octubre se ponía a la venta en Inglaterra el primer disco single de Los Beatles, con Love me do en su cara A. En lo musical ya sabemos lo que significó. Pero junto con la música, la novedad incluía un cambio radical en el peinado y la longitud del pelo y también en la indumentaria. 

             Con la llegada de los Beatles, y desaparecido el bigote, se habilitó el crecimiento de melenas y la cobertura de las hasta entonces visibles orejas masculinas que quedaron ocultas por el cabello. Esa era la evolución de la moda anterior que, entre los jóvenes, impusiera Elvis Presley con su tupé engominado y sus patillas de rufián. Todo eso había sucedido al promediar los años cincuenta, pero su difusión no fue planetaria y solo afectó a los jóvenes del mundo anglosajón o más bien del hemisferio norte.

                 El término “melenudos” –dicho con cierto desdén- se incorporó al léxico casi en forma simultánea con el “barbudos” que aludía a los revolucionarios cubanos con Fidel Castro y el Ché a la cabeza. El mundo revalorizaba la pelambre facial, los pelos largos y en general el crecimiento piloso y capilar como emblema de libertad, iconoclastia, ruptura y sobre todo modernidad. Hasta tal punto llegó esa tendencia que una famosa revista juvenil y rockera de Argentina, publicada a partir de 1970, llevaría el nombre de Pelo.

                 En el vértigo de los años de la beatlemanía, el cuarteto inglés fue incorporando insumos a la moda y a la estética dominante. Hasta que en 1967, solo cinco años después del lanzamiento en Inglaterra de su primer single y ya con siete álbumes editados y habiendo abandonado las giras y presentaciones en vivo, Los Beatles editan el portentoso álbum Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. No viene a cuento aquí detenerme en su contenido musical. Quiero señalar un detalle asombroso y nuevo en el aspecto de los Beatles que las fotos de la funda del álbum mostraban. Además de la novedad de los satinados trajes militares que lucían y los instrumentos de banda que portaban, se habían  dejado crecer bigotes y patillas al estilo decimonónico y se mostraban al mundo con un look diferente que otra vez sorprendía y, lo que es más importante, iba a imponerse nuevamente como lo venía haciendo desde  un lustro atrás. Los Beatles se reinventaban a sí mismos y decretaban el regreso del bigote, con el agregado de largas patillas enmarcándoles el rostro. 

                 De inmediato, muchísimos jóvenes adoptaron la nueva moda y el bigote floreció a la par de las barbas de los radicales de izquierda. Pero no caben dudas que entonces el bigote triunfó y se popularizó de nuevo, esta vez con la forma alargada por debajo de las comisuras y con un significado diferente al que hasta entonces había tenido. Ya no era patrimonio de los elegantes y su aspecto no sería prolijo y recortado a lo Gable. Ahora sería patrimonio de los jóvenes y su uso sintetizaba una actitud. Como los Beatles llevaban bigote, su lucimiento se disparó exponencialmente y la moda del mostacho regresó de manera instantánea. Perduró en Freddy Mercury y Tom Selleck; en Charly García y Lech Walesa. Por acá en Néber Araújo y Pepe Mujica. En Leo Masliah, Jaime Roos y Santiago Tavella…

                  Todo eso pasó en el siglo pasado, pero parece que fue ayer.